San Pablo nos ofrece hoy una expresión que puede ayudarnos a comprender toda nuestra vida cristiana: «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios». Y enseguida añade: «Lo que se busca en los administradores es que sean fieles».
La fidelidad aparece aquí como la actitud de quien sabe que ha recibido algo que le precede y que se le ha confiado. Un administrador cuida aquello que pertenece a otro. Nuestra vida, nuestra vocación, la fe que profesamos, las personas que Dios ha puesto en nuestro camino son dones recibidos. Vivirlos bien significa administrarlos con responsabilidad.
Pablo añade algo importante: «Mi juez es el Señor». Podemos vivir demasiado pendientes de cómo nos valoran los demás. También podemos convertirnos fácilmente en jueces de las intenciones ajenas. Pablo nos recuerda que solamente Dios conoce enteramente el corazón: «Él pondrá al descubierto los designios de los corazones».
Esto nos invita a una libertad interior muy grande: hacer el bien porque agrada a Dios, cumplir nuestra misión con fidelidad y dejar en sus manos el juicio sobre nuestra vida y sobre la vida de los demás.
El Evangelio introduce después una imagen distinta: el esposo. Preguntan a Jesús por qué sus discípulos comen y beben mientras los discípulos de Juan ayunan. Jesús responde: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?»
Jesús se presenta como el Esposo esperado. Por eso el centro de la vida cristiana es la relación con Él. También el ayuno, la oración, nuestras prácticas religiosas y cualquier renuncia adquieren su verdadero sentido cuando expresan el deseo de Cristo y nos ayudan a vivir más unidos a Él.
Después Jesús habla del vestido nuevo y del vino nuevo: «El vino nuevo se ha de echar en odres nuevos». Cristo trae una novedad que necesita encontrar un corazón disponible.
Y aquí podemos unir las dos lecturas. San Pablo nos pide fidelidad; Jesús nos pide apertura a la novedad. Ambas cosas pertenecen a la misma vida cristiana. Ser fieles a Cristo significa permitir que su Evangelio continúe renovándonos.
A veces identificamos la fidelidad con mantener siempre las mismas formas, costumbres o maneras de hacer las cosas. El Evangelio muestra una fidelidad mucho más profunda: permanecer unidos a Cristo y dejar que esa relación nos transforme en cada etapa de nuestra vida.
Porque el «vino nuevo» del Evangelio sigue siendo nuevo. La Palabra que hemos escuchado muchas veces puede decirnos hoy algo que necesitamos escuchar de una manera diferente. La Eucaristía que celebramos diariamente puede volver a convertirse en encuentro. Una vocación vivida durante muchos años puede encontrar formas nuevas de entrega.
Por eso podemos pedir hoy dos gracias que se complementan: la fidelidad del administrador y la disponibilidad del odre nuevo.
Que el Señor nos encuentre fieles a aquello que nos ha confiado y, al mismo tiempo, conserve nuestro corazón suficientemente abierto para seguir sorprendiéndonos con la novedad de su gracia.
