Sábado de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Santa Teresa de Calcuta

Hay una pregunta de san Pablo que puede ayudarnos a comprender la Palabra de hoy y también la vida de santa Teresa de Calcuta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?»

Es una pregunta sencilla, pero cambia nuestra manera de situarnos ante Dios, ante los demás y ante nuestra propia vida. Lo que somos y tenemos lleva dentro la huella del don. La vida, la fe, la vocación, nuestras capacidades, las personas que encontramos en el camino: mucho de lo verdaderamente importante lo hemos recibido.

Cuando se pierde esta conciencia aparece fácilmente aquello que san Pablo reprocha a los corintios: la autosuficiencia, las comparaciones y la pretensión de sentirse superiores. Cuando reconocemos que hemos recibido, nace espontáneamente otra actitud: la gratitud se convierte en entrega.

Esto se ve con especial claridad en santa Teresa de Calcuta. Ella había entregado ya su vida a Dios como religiosa cuando, en 1946, experimentó aquella llamada que después describiría como «una llamada dentro de la llamada». Comprendió que Cristo la invitaba a acercarse a los más pobres entre los pobres.

Y comenzó de una manera sorprendentemente pequeña. Salió al encuentro de quienes encontraba abandonados en las calles de Calcuta. Personas enfermas, moribundos, niños desamparados, hombres y mujeres que apenas contaban para nadie comenzaron a ocupar el centro de su vida.

Santa Teresa descubrió algo profundamente evangélico: cada persona tiene una dignidad que ninguna pobreza puede borrar. En aquel cuerpo enfermo, en aquella persona abandonada, reconocía a Cristo. Por eso podía decir que tocaba el cuerpo de Jesús en los pobres.

El Evangelio de hoy nos presenta una situación que ilumina esta misma actitud. Los discípulos tienen hambre y arrancan unas espigas en sábado. Algunos fariseos se fijan inmediatamente en la infracción: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?». Jesús, en cambio, mira primero a las personas y recuerda lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre.

Finalmente declara: «El Hijo del hombre es señor del sábado».

Jesús devuelve la ley a su verdadero centro: Dios la ha dado para conducir al hombre hacia la vida. La mirada creyente aprende a descubrir a la persona concreta que tenemos delante, con su hambre, su sufrimiento y su necesidad.

Santa Teresa comprendió esto de una manera radical. Ante una persona abandonada podía haber muchas explicaciones sobre la pobreza y muchas preguntas sobre las causas de aquella situación. Ella comenzaba acercándose. Había alguien que necesitaba ser recogido, lavado, alimentado, acompañado y tratado con dignidad.

Y aquí la primera lectura vuelve a iluminarnos: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». Lo recibido se convierte en responsabilidad. Si hemos recibido amor, podemos amar; si hemos conocido misericordia, podemos ejercerla; si Dios nos ha mirado con compasión, aprendemos a mirar así a los demás.

Santa Teresa resumió muchas veces su camino hablando de hacer cosas pequeñas con gran amor. Esa espiritualidad pone la santidad al alcance de nuestra vida cotidiana. Quizá hoy no encontremos a un moribundo abandonado en una calle de Calcuta, pero seguramente encontraremos a alguien que necesita tiempo, atención, paciencia o compañía.

Podemos pedir al Señor la mirada de santa Teresa: una mirada capaz de reconocer el don recibido y descubrir a Cristo en quien necesita de nosotros.

Porque al final la pregunta de Pablo permanece abierta para cada uno: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». Y podríamos añadir: si tanto hemos recibido de Dios, ¿en quién podemos convertir hoy ese don en amor?