Viernes de la XX semana del T.O. San Pio X

La liturgia de hoy une dos palabras que resumen admirablemente la vida cristiana: vida y amor. Ezequiel contempla un valle lleno de huesos secos y escucha la promesa de Dios: «Os infundiré mi espíritu y viviréis». Jesús, en el Evangelio, señala el corazón de la Ley: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y a tu prójimo como a ti mismo». Allí donde el Espíritu devuelve la vida, el hombre recupera también su capacidad de amar.

La visión de Ezequiel nace en uno de los momentos más difíciles de Israel. El pueblo está desterrado, ha perdido su tierra y siente que su historia ha llegado al final. Por eso dice: «Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido».

Dios lleva al profeta precisamente hasta ese lugar de muerte y le pregunta: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?». Ezequiel responde: «Señor Dios, tú lo sabes». Es una hermosa confesión de fe. El profeta reconoce que el futuro está en las manos de Dios.

Entonces sucede algo sorprendente. Dios manda profetizar y aquellos huesos comienzan a unirse. Después llega el espíritu y reciben vida. La imagen anuncia la restauración de Israel y contiene una verdad que atraviesa toda la historia de la salvación: Dios puede abrir futuro allí donde nosotros solamente vemos agotamiento.

También nosotros conocemos momentos en los que algo parece haberse secado por dentro: una ilusión perdida, una relación deteriorada, una fe que atraviesa momentos de cansancio, una situación que lleva demasiado tiempo sin encontrar salida. La Palabra de hoy nos invita a dejar que Dios vuelva a pronunciar su palabra sobre esas realidades. Su Espíritu continúa creando vida.

El Evangelio nos muestra hacia dónde conduce esa vida nueva. Cuando preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal, responde: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Toda la existencia cristiana encuentra aquí su unidad. Cuanto más dejamos entrar a Dios en nuestra vida, más aprendemos a mirar y tratar al hermano desde su amor.

Esta Palabra ilumina también la memoria de san Pío X. Elegido Papa en 1903, quiso renovar profundamente la vida cristiana del pueblo. Su lema, tomado de san Pablo, fue: «Instaurar todas las cosas en Cristo». Comprendió que la renovación de la Iglesia comienza cuando Cristo vuelve a ocupar el centro de la vida de los creyentes.

Por eso impulsó especialmente la participación en la Eucaristía y favoreció la comunión frecuente, promoviendo también que los niños pudieran acercarse antes a recibir a Jesús. Deseaba que el pueblo cristiano encontrara en la Eucaristía el alimento para vivir su fe.

Quizá podamos recoger hoy toda la Palabra en una petición sencilla: «Señor, infúndeme tu Espíritu y dame vida». Vida para recuperar la esperanza donde algo se ha secado; vida para amar a Dios con todo el corazón; vida para descubrir al prójimo como alguien que Dios ha puesto a nuestro lado.

Que san Pío X interceda por nosotros y nos ayude a poner cada día a Cristo en el centro. Desde Él, también nuestros «huesos secos» pueden revivir y nuestra vida puede convertirse nuevamente en una respuesta de amor.