Hace justamente una semana celebrábamos la Asunción de la Virgen María. Contemplábamos a María llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Hoy, ocho días después, la liturgia completa aquella celebración y nos invita a contemplarla como Reina. La que fue elevada al cielo participa plenamente de la victoria de su Hijo y reina junto a Él.
Esta memoria podría entenderse mal si trasladáramos a María nuestras imágenes humanas del poder. Su realeza se comprende mirando a Cristo. Jesús reina desde la entrega y el amor; María participa de esa misma forma de reinar. Ella es Reina porque pertenece enteramente a Cristo, porque acogió su Palabra y dejó que Dios realizara en ella su obra.
Precisamente la Palabra de este día nos ayuda a comprenderlo. Ezequiel contempla cómo «la gloria del Señor entró en el templo» y llena aquel lugar con su presencia. La tradición cristiana ha visto en María el verdadero templo que acogió la presencia de Dios. En su seno, el Verbo se hizo carne. En su vida encontró Dios una morada abierta y disponible.
Y quizá aquí encontramos la clave más hermosa de esta fiesta: María es grande porque dejó espacio a Dios.
El Evangelio parece conducirnos en la misma dirección. Jesús advierte contra quienes buscan los primeros puestos, los honores y el reconocimiento, y concluye: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Estas palabras parecen escritas también sobre la vida de María. Ella misma lo había cantado en el Magníficat: «Ha mirado la humildad de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». María vivió pequeña ante sus propios ojos y grande ante Dios. Se reconoció criatura, recibió todo como gracia y puso toda su existencia al servicio del proyecto divino. Y Dios la ha exaltado.
Por eso, una semana después de contemplarla elevada al cielo, hoy comprendemos mejor el sentido de aquella exaltación. La Asunción nos muestra dónde ha llevado Dios a María; su realeza nos revela cómo llegó hasta allí: por el camino de la fe, de la humildad y de la entrega.
Llamarla Reina significa también reconocerla como Madre que, desde la gloria, continúa acompañando a la Iglesia. Su corona habla de una vida plenamente realizada en Dios. María nos precede y nos muestra aquello para lo que también nosotros hemos sido creados: participar un día de la gloria de Cristo.
Y esta memoria nos deja una pregunta muy concreta. El mundo nos enseña muchas veces a buscar importancia, reconocimiento y protagonismo. María nos enseña otra manera de ser grandes: dejar que Dios sea grande en nosotros.
Quizá nuestra oración de hoy pueda ser muy sencilla: María, Reina y Madre, enséñanos a vivir como tú. Enséñanos a recibir cada día como gracia, a guardar la Palabra y a permitir que Cristo ocupe verdaderamente el centro.
Hace una semana la contemplábamos asunta al cielo. Hoy la contemplamos coronada junto a su Hijo. Y en ambas celebraciones escuchamos la misma promesa: el camino humilde y fiel de María termina en la gloria de Dios. Ese es también el horizonte hacia el que camina nuestra vida.
