La memoria de san Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, encuentra hoy una hermosa resonancia en la Palabra que acabamos de escuchar. Ezequiel anuncia de parte de Dios: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré mi espíritu». En el Evangelio, Jesús presenta el Reino como un banquete de bodas al que todos somos invitados. Entre ambas imágenes aparece una verdad fundamental de nuestra fe: Dios llama al hombre a la comunión con Él y, al mismo tiempo, transforma su corazón para que pueda vivir esa comunión.
Ezequiel habla a un pueblo que conoce el fracaso y el destierro. En medio de aquella situación, Dios promete comenzar algo nuevo: «Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne». Es una de las grandes promesas del Antiguo Testamento. Dios quiere llegar hasta lo más profundo de la persona, allí donde nacen nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestra manera de amar.
Ese corazón nuevo es obra del Espíritu. La vida cristiana crece precisamente desde esa acción interior de Dios. Podemos esforzarnos por mejorar muchos aspectos de nuestra vida, pero la verdadera conversión acontece cuando permitimos al Señor trabajar dentro de nosotros.
El Evangelio expresa esta misma iniciativa mediante la imagen de una boda. El rey prepara el banquete y envía a sus criados: «A todos los que encontréis, llamadlos a la boda». La invitación es amplia y generosa. Dios desea compartir su vida con nosotros.
Pero la parábola contiene también una llamada seria. Uno de los invitados entra sin el traje de fiesta. Ha aceptado estar en el banquete, aunque su vida permanece ajena a aquello que celebra. La invitación recibida pide una respuesta. El Evangelio necesita revestir nuestra existencia, transformar nuestros criterios y nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Aquí podemos comprender mejor la figura de san Bernardo. En pleno siglo XII, después de una juventud llena de posibilidades, descubrió la fuerza de la llamada de Cristo y entró en la vida monástica. Desde allí ejerció una enorme influencia espiritual en la Iglesia. Su teología nació de una profunda experiencia de oración. Para Bernardo, conocer a Dios llevaba a amarlo y gustar interiormente de su presencia.
Fue también un gran enamorado de la humanidad de Cristo y un hombre de profunda devoción a la Virgen María. Comprendió que el camino de la fe pasa por el corazón, por dejar que la gracia transforme interiormente a la persona.
Por eso su memoria nos ayuda hoy a escuchar de una manera nueva la promesa de Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo». Tal vez llevamos muchos años siguiendo al Señor, rezando y celebrando la Eucaristía. Y cada día Dios continúa trabajando nuestro corazón. Siempre puede hacerlo más disponible para su voluntad, más capaz de acoger y más dispuesto a amar.
Pidamos hoy por intercesión de san Bernardo que el Señor renueve nuestro corazón. Que su Espíritu quite nuestras durezas y nos conceda vivir con alegría la invitación recibida. Estamos invitados al banquete de Dios. Dejemos que su gracia nos revista por dentro para que toda nuestra vida corresponda al don que hemos recibido.
