Viernes de la XIX semana del Tiempo Ordinario. Memoria de san Maximiliano María Kolbe

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la memoria de san Maximiliano María Kolbe, sacerdote franciscano conventual y mártir de la caridad. Su vida quedó marcada por un amor apasionado a Cristo, una profunda devoción a la Inmaculada y una entrega total al Evangelio. En el campo de concentración de Auschwitz ofreció su vida en lugar de un padre de familia condenado a morir. Su martirio nos recuerda que el amor cristiano llega a ser verdaderamente fecundo cuando se hace entrega.

La primera lectura, del profeta Ezequiel, presenta la historia de Dios con su pueblo como una historia de amor. Dios encuentra a Jerusalén pobre, abandonada y sin belleza, la cuida, la levanta, la adorna y la hace suya. Pero esa historia se rompe cuando el pueblo olvida quién lo ha amado primero. La infidelidad nace del olvido: olvidar de dónde venimos, olvidar quién nos ha salvado, olvidar que todo lo recibido es gracia.

Y, sin embargo, Dios pronuncia una promesa luminosa: «Yo me acordaré de mi alianza contigo.» El Señor recuerda incluso cuando nosotros olvidamos. Su amor tiene memoria. Su fidelidad es más honda que nuestras caídas. Esta palabra sostiene mucho: Dios vuelve a llamar, vuelve a levantar, vuelve a abrir camino. La vergüenza por el pecado puede convertirse en humildad, y la humildad puede abrirnos de nuevo a la misericordia.

San Maximiliano Kolbe vivió desde esa memoria del amor primero. Sabía que la vida no se posee para uno mismo, sino que se recibe para entregarla. En Auschwitz, en medio de un lugar creado para destruir la dignidad humana, él hizo visible otra lógica: la del Evangelio. Allí donde todo parecía dominio del odio, él sembró una libertad interior que nadie pudo arrebatarle. Le quitaron espacio, alimento y seguridad, pero no pudieron quitarle la capacidad de amar.

El Evangelio nos habla hoy del amor fiel. Jesús responde a una pregunta sobre el matrimonio y devuelve la mirada al proyecto de Dios: un amor llamado a la comunión, a la unidad, a la entrega perseverante. Sus palabras son exigentes porque el amor verdadero tiene peso de alianza. La fidelidad cristiana no se sostiene solo en sentimientos; se apoya en una gracia que educa el corazón para amar con responsabilidad, respeto y donación.

La memoria de san Maximiliano amplía esta enseñanza. Hay muchas formas de vivir la alianza: en el matrimonio, en la vida consagrada, en el sacerdocio, en la amistad cristiana, en el servicio a los pobres, en el cuidado de los enfermos, en la fidelidad cotidiana. En todas ellas, el amor se verifica cuando deja de buscarse a sí mismo y empieza a vivir para que otro tenga vida.

El profeta habla de un Dios que recoge a su pueblo herido. Jesús habla de un amor fiel según el querer del Creador. San Maximiliano nos muestra hasta dónde puede llegar un corazón habitado por Cristo. Su gesto final no fue improvisado; fue el fruto maduro de una vida entrenada en la entrega, en la oración, en la confianza y en el amor a María.

Hoy podemos pedir al Señor que cure en nosotros el olvido. Que no olvidemos su alianza, su misericordia, su fidelidad. Que aprendamos a amar con un corazón más libre y generoso. Que san Maximiliano María Kolbe interceda por nosotros para que, en medio de nuestro mundo, sepamos responder al mal con el bien, al egoísmo con entrega, al miedo con confianza y al odio con la fuerza humilde del amor cristiano.

Que la Virgen Inmaculada, tan amada por san Maximiliano, nos ayude a guardar en el corazón la memoria del amor de Dios y a vivir cada día como una ofrenda sencilla al servicio del Reino.

Amén.