Martes de la XIX semana del Tiempo Ordinario,  Memoria obligatoria de santa Clara

 Queridos hermanos:

Celebramos hoy la memoria de santa Clara, una mujer que entendió el Evangelio con una claridad luminosa: Cristo basta, Cristo llena, Cristo merece una vida entera. En ella encontramos una fe sencilla y radical, hecha de pobreza, adoración, confianza y seguimiento. Su vida nos ayuda a escuchar la Palabra de este martes con un corazón más disponible.

La primera lectura nos presenta al profeta Ezequiel recibiendo un libro de parte de Dios. El Señor le dice: «Come lo que tienes ahí; come este volumen y vete a hablar a la casa de Israel.» El profeta obedece, y aquel libro le sabe en la boca dulce como la miel. La imagen es muy bella: antes de anunciar la Palabra, hay que comerla; antes de transmitirla, hay que dejar que entre dentro; antes de hablar de Dios, hay que alimentarse de Él.

Santa Clara vivió así. Su vida no nació de un proyecto humano de grandeza, sino de una Palabra acogida hasta el fondo. El Evangelio se convirtió en su alimento. La pobreza de Cristo, la humildad de Cristo, la presencia eucarística de Cristo, fueron para ella más que ideas: fueron el pan secreto que sostuvo su existencia. Clara no quiso poseer mucho, porque había encontrado una riqueza mayor. Su vida fue un comentario vivo a esa dulzura de la Palabra que transforma el corazón.

El salmo responde: «¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!» Hay una dulzura espiritual que no depende de tener una vida fácil. Ezequiel recibió una misión difícil. Clara vivió renuncias reales. Y, sin embargo, cuando Dios se convierte en el centro, la vida adquiere un sabor nuevo. La promesa del Señor sostiene por dentro, ilumina lo cotidiano y da libertad para vivir con menos peso y más confianza.

El Evangelio nos lleva al corazón del estilo de Jesús. Los discípulos preguntan quién es el más importante en el Reino de los cielos. Jesús coloca a un niño en medio y dice que hay que hacerse pequeños. Después añade una advertencia llena de ternura: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños.» Para Jesús, los pequeños ocupan el centro. Los frágiles, los sencillos, los que cuentan poco a los ojos del mundo, son custodiados por el Padre.

Santa Clara entendió esta lógica del Reino. Eligió la pequeñez evangélica, una vida escondida, pobre, fraterna, sostenida por la oración. Su clausura no fue huida del mundo, sino un modo de estar en el corazón de la Iglesia. Desde San Damián, con sus hermanas, vivió como lámpara encendida: sin ruido, pero con una fuerza espiritual que aún hoy ilumina.

La pequeñez cristiana no consiste en vivir encogidos, sino en dejar que Dios sea grande en nosotros. Es la libertad de quien no necesita imponerse, la alegría de quien no mide su valor por lo que posee, el descanso de quien se sabe amado por el Padre. Clara fue grande porque se hizo pequeña ante Dios. Fue fecunda porque dejó que Cristo ocupara todo el espacio de su corazón.

El Evangelio termina con la parábola de la oveja perdida. El Padre no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños. Esta frase revela el rostro de Dios. Su amor busca, cuida, levanta, espera. La Iglesia aprende de ese amor cuando pone en el centro a los más vulnerables y cuando vive con un corazón pobre, disponible y fraterno.

Pidamos hoy, por intercesión de santa Clara, la gracia de saborear la Palabra como miel, de vivir con un corazón sencillo y de reconocer a Cristo en los pequeños. Que nuestra vida, como la suya, sea una lámpara humilde encendida ante el Señor, y que la Eucaristía nos enseñe a encontrar en Cristo la riqueza que nada ni nadie puede quitarnos.

Amén.