Queridos hermanos:
Celebramos hoy una de las fiestas más hermosas de la Virgen María: su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. La Iglesia contempla a María glorificada junto a Dios y, al mirarla, descubre también la meta de nuestra esperanza. En ella vemos lo que Dios quiere realizar en toda la humanidad redimida por Cristo: que la vida venza a la muerte, que el cuerpo participe de la gloria, que nuestra historia esté llamada a la plenitud de Dios.
La primera lectura del Apocalipsis nos ofrece una imagen llena de belleza: «Una mujer vestida del sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.» Es una visión de luz en medio del combate. La mujer aparece gloriosa, pero también amenazada. Lleva vida en su seno, y esa vida es perseguida por el dragón. La escena nos recuerda que la historia de la salvación se abre paso en medio de dificultades, luchas y resistencias.
María pertenece a esa historia. Su vida no fue un camino cómodo ni una existencia protegida de toda prueba. Conoció la pobreza de Belén, la huida a Egipto, la inquietud de Nazaret, la incomprensión, la espada anunciada por Simeón y la cruz de su Hijo. Pero en todas esas etapas permaneció sostenida por la fe. Por eso hoy la contemplamos vestida de gloria. La Asunción nos dice que Dios recoge una vida entera cuando ha sido vivida desde la confianza y la entrega.
San Pablo proclama la raíz de esta esperanza: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto.» María no sube al cielo por una fuerza propia. Su Asunción es fruto de la Pascua de Cristo. Ella es la primera criatura plenamente alcanzada por la victoria de su Hijo. Allí donde parecía reinar la muerte, Cristo ha abierto un camino de vida. Y María, asociada de manera única a su Hijo, participa ya plenamente de esa victoria.
Esto nos llena de esperanza. La fe cristiana no desprecia el cuerpo, ni mira la vida humana como algo pasajero sin valor. Nuestro cuerpo, con su historia, sus cansancios, sus heridas, sus trabajos y sus gestos de amor, está llamado a la gloria. Lo que vivimos en Dios no se pierde. El bien sembrado, la fidelidad silenciosa, el amor entregado, las lágrimas ofrecidas, todo queda guardado en la memoria del Padre.
El Evangelio nos presenta a María en camino. Después de recibir el anuncio del ángel, se levanta y va deprisa a la montaña para visitar a Isabel. Antes de verla elevada al cielo, la vemos caminando por la tierra. Esta es una imagen muy importante: María glorificada es la misma María servidora, la mujer que sale de sí, que acompaña, que lleva a Cristo en su seno y lo comunica con su presencia.
La Asunción no nos aleja de la vida concreta. Nos enseña a vivirla con más profundidad. María llega al cielo porque vivió la tierra desde Dios. Su grandeza se manifiesta en la escucha, en el servicio, en la disponibilidad, en la humildad y en la fidelidad cotidiana. Por eso Isabel la proclama bienaventurada: «Dichosa tú que has creído.» La verdadera dicha de María nace de haber creído la Palabra y haber dejado que esa Palabra configurara toda su existencia.
Y entonces María canta el Magníficat. No canta su propio triunfo, canta la grandeza de Dios. Reconoce que el Señor mira la humildad de su esclava, derriba a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y sostiene a su pueblo con misericordia. El canto de María es el canto de una humanidad reconciliada con Dios, una humanidad que aprende a mirar la historia desde los ojos del Señor.
Queridos hermanos, hoy nuestra parroquia se une a esa alabanza. Venimos con nuestras familias, preocupaciones, enfermedades, cansancios, ilusiones y esperanzas. Y María nos señala el horizonte: nuestra vida está llamada al cielo. Esa esperanza no nos evade de las responsabilidades; nos da fuerza para vivirlas mejor. Quien sabe hacia dónde camina aprende a servir con más amor, a sufrir con más confianza, a perdonar con más libertad y a esperar con más firmeza.
Miremos hoy a María asunta al cielo y pidámosle que nos enseñe a vivir como ella: con el corazón lleno de Dios y los pies disponibles para servir. Que en nuestras casas haya más escucha de la Palabra, más gratitud, más atención a los necesitados, más confianza en medio de las pruebas. Que María, Madre gloriosa y cercana, acompañe a los enfermos, consuele a quienes sufren, sostenga a los mayores, proteja a nuestras familias y mantenga viva la esperanza de la Iglesia.
Que la Virgen de la Asunción nos ayude a caminar hacia Cristo, primicia de la vida nueva, hasta que también nosotros podamos participar plenamente de la alegría del Reino.
Amén.
