VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE

Homilía — sábado de la IV Semana de Pascua

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado de Pascua nos presenta una Iglesia que nace con fuerza misionera, una Iglesia que anuncia a Cristo, una Iglesia que encuentra resistencia pero que sigue adelante con alegría y con la fuerza del Espíritu Santo.

En la primera lectura, Pablo y Bernabé anuncian la Palabra en Antioquía. Muchos escuchan con entusiasmo, pero otros reaccionan con rechazo. Entonces ellos pronuncian una frase decisiva: “Sabed que nos dedicamos a los gentiles”. Es decir, el Evangelio no queda encerrado en un pequeño grupo, ni reservado para unos pocos. La salvación de Dios se abre a todos. La Buena Noticia de Jesús está destinada a llegar hasta los confines de la tierra.

Por eso el salmo nos hace cantar: “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. La Pascua es una victoria universal. Cristo resucitado ha vencido para todos. Su luz quiere alcanzar cada rincón de la historia, cada pueblo, cada familia, cada corazón. La Iglesia existe para anunciar esta alegría: que Dios salva, que Dios abre caminos, que Dios ofrece vida nueva en Jesucristo.

Pero la primera lectura también nos recuerda que la misión encuentra dificultades. Pablo y Bernabé son rechazados, perseguidos y expulsados. Sin embargo, el texto termina diciendo que los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo. Qué hermoso: les quitan seguridades, les cierran puertas, los expulsan de un lugar, y aun así conservan la alegría. Porque la alegría cristiana no depende sólo de que todo salga bien; nace de saber que Cristo vive y que su Espíritu acompaña la misión.

Hoy celebramos la memoria de San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia. Fue un gran defensor de la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. Vivió tiempos difíciles, sufrió destierros, incomprensiones y persecuciones, pero permaneció firme en la verdad recibida de los apóstoles. Su vida nos recuerda que la fe se custodia con humildad, con valentía y con amor a la Iglesia.

Y el Evangelio nos lleva al centro de esa fe. Jesús dice a Felipe: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Esta palabra es inmensa. En Jesús conocemos el rostro de Dios. Dios no es una idea lejana, una fuerza impersonal, un misterio frío o inaccesible. En Cristo vemos al Padre: su ternura, su misericordia, su cercanía, su perdón, su amor fiel.

San Atanasio defendió precisamente esta verdad: si Jesús nos revela plenamente al Padre, es porque comparte la vida misma de Dios. En Cristo, Dios se ha acercado a nosotros. En sus palabras escuchamos al Padre. En sus gestos vemos al Padre. En su cruz contemplamos el amor del Padre. En su resurrección recibimos la vida del Padre.

Por eso, cuando a veces nos preguntemos cómo es Dios, debemos mirar a Jesús. Mirar cómo se acerca a los pobres, cómo perdona a los pecadores, cómo toca a los enfermos, cómo llora con los que sufren, cómo lava los pies, cómo entrega la vida, cómo resucita vencedor. Cristo es el rostro visible del amor invisible de Dios.

Y Jesús añade: “El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago”. La fe verdadera se convierte en vida, en obras, en misión. Creer en Jesús es dejar que su modo de amar continúe en nosotros. La Iglesia prolonga las obras de Cristo cuando anuncia el Evangelio, cuando sirve a los pobres, cuando consuela al triste, cuando defiende la verdad, cuando crea comunión, cuando perdona, cuando abre caminos de esperanza.

Que esta Eucaristía nos llene de alegría y de Espíritu Santo, como a los primeros discípulos. Y que, al comulgar, reconozcamos en Cristo al Hijo amado que nos lleva al Padre y nos envía a anunciar su victoria hasta los confines de la tierra. Amén.