Homilía — Domingo V de Pascua
Queridos hermanos:
En este quinto domingo de Pascua, Jesús nos habla al corazón con una palabra llena de ternura: “No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí”.
Cuánta falta nos hace escuchar esto. Porque todos traemos alguna inquietud dentro: una preocupación familiar, una enfermedad, el cansancio de cada día, la incertidumbre por los hijos, la soledad de nuestros mayores, una herida que cuesta cerrar, una decisión que no sabemos cómo tomar. También quienes nos siguen desde casa, enfermos o impedidos, pueden sentir hoy que esta palabra de Jesús les llega personalmente: “No se turbe vuestro corazón”.
El Señor conoce nuestras turbaciones. No las desprecia. No las minimiza. Se acerca a ellas y nos invita a confiar. En la Última Cena, cuando los discípulos sienten miedo y desconcierto, Jesús les abre una esperanza: “Voy a prepararos un lugar”. Es como si les dijera: vuestra vida está en mis manos; vuestro camino tiene destino; vuestra historia está sostenida por el amor del Padre.
Tomás, tan sincero y parecido a nosotros, le dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Y Jesús responde con una frase que sostiene toda la vida cristiana: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”.
Cristo es el camino cuando nos sentimos perdidos. Es la verdad cuando tantas voces nos confunden. Es la vida cuando el corazón se apaga o pierde esperanza. La fe cristiana no es caminar detrás de una idea; es caminar con una Persona viva que nos conoce, nos acompaña y nos lleva al Padre.
La primera lectura nos muestra a la comunidad cristiana afrontando un problema concreto: algunas viudas estaban quedando desatendidas. La Iglesia naciente también tenía dificultades. Pero aquella comunidad supo escuchar, discernir y organizar la caridad. Escogieron a siete hombres llenos de Espíritu y sabiduría para servir mejor.
Qué enseñanza tan hermosa para nuestra parroquia. Una comunidad pascual no es la que vive sin problemas, es la que aprende a mirarlos con amor y a responder con servicio. Donde hay un enfermo solo, una familia cansada, un anciano que necesita compañía, un joven que busca sentido, un pobre que espera ayuda, allí Cristo nos está llamando. La parroquia se construye cuando cada uno pone algo de sí: una mano, una palabra, una visita, una oración, un tiempo, una sonrisa.
San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda nuestra dignidad: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa”. No somos espectadores en la Iglesia. Somos piedras vivas. Cada bautizado tiene un lugar y una misión. Los niños con su alegría, los jóvenes con sus preguntas, los matrimonios con su entrega, los ancianos con su memoria y sabiduría, los enfermos con su oración, los servidores de la comunidad con su generosidad: todos formamos esta casa espiritual que es la Iglesia.
Y esa casa sólo se mantiene firme si está apoyada en Cristo. Él es la piedra viva. Cuando nos alejamos de Él, nos dispersamos; cuando volvemos a Él, la comunidad se renueva.
Queridos hermanos, hoy Jesús nos invita a confiar, a servir y a caminar unidos. Confiar cuando el corazón se turba. Servir cuando alguien necesita nuestra cercanía. Caminar unidos porque Cristo es nuestro camino.
Que esta Eucaristía nos ayude a decirle al Señor: Jesús, sé Tú mi camino cuando me pierda, mi verdad cuando me confunda, mi vida cuando me falte esperanza.
Y que al acercarnos a comulgar reconozcamos en Él al Señor resucitado que sostiene nuestra parroquia, consuela nuestras casas y nos conduce al corazón del Padre. Amén
