Homilía — Ascensión del Señor.
Queridos hermanos:
Celebramos hoy la Ascensión del Señor. Y esta fiesta no significa que Jesús se aleje de nosotros, como quien termina su misión y deja a los suyos solos en la tierra. La Ascensión nos anuncia algo más profundo: Cristo resucitado entra en la gloria del Padre y comienza una nueva forma de presencia entre nosotros.
Ya no lo vemos con los ojos como los discípulos en Galilea, pero Él permanece vivo y cercano. Permanece en su Iglesia, en la Palabra, en los sacramentos, en la Eucaristía, en los pobres, en la comunidad reunida y en el corazón que cree. Por eso el Evangelio termina con una promesa que sostiene toda nuestra fe: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Esta es la gran alegría de la Ascensión: Jesús no se va; Jesús permanece. Su presencia ya no queda limitada a un lugar o a un momento. Ahora, glorificado junto al Padre, puede acompañar a todos, en todo tiempo y en toda circunstancia.
En la primera lectura, los discípulos se quedan mirando al cielo. Y aquellos hombres vestidos de blanco les preguntan: “¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Es una pregunta también para nosotros. La fe cristiana no puede quedarse inmóvil, mirando con nostalgia lo que fue o esperando pasivamente que Dios lo haga todo. La Ascensión nos pone en camino.
Jesús dice: “Id y haced discípulos de todos los pueblos”. La Iglesia nace misionera. La palabra clave es “id”: salid, caminad, anunciad, sed testigos. Cristo no nos deja una memoria para conservarla encerrada; nos confía una presencia que debemos llevar al mundo.
Y esta misión no nace de nuestras fuerzas. Jesús afirma: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. Él es el Señor de la historia. Él sostiene lo que nos pide. Por eso podemos salir sin miedo, aunque seamos frágiles, aunque tengamos dudas, aunque los frutos parezcan tardar.
Hacer discípulos no es sólo enseñar ideas religiosas. Es ayudar a otros a encontrarse con Jesús. Es vivir de tal manera que nuestra vida despierte en los demás el deseo de creer, de esperar, de amar. Cuando una comunidad acoge, perdona, sirve, acompaña a los pobres, sostiene a los enfermos y celebra con verdad, está diciendo al mundo: Dios está con nosotros.
Queridos hermanos, la Ascensión nos libera de la nostalgia y de la impaciencia. Cristo reina, Cristo acompaña, Cristo envía. No estamos solos. Él está con nosotros todos los días: los días claros y los días oscuros, los de alegría y los de cansancio.
Que esta Eucaristía nos ayude a levantar los ojos al cielo para adorar a Cristo glorificado, y a poner los pies en la tierra para servirlo en los hermanos. Amén.
