TAMBIÉN A LOS GENTILES

Homilía — lunes de la IV Semana de Pascua

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes de Pascua nos abre el corazón a una verdad muy hermosa: Dios siempre va por delante de nosotros. Va por delante de nuestras ideas, de nuestros esquemas, de nuestras costumbres, de nuestras fronteras. Nosotros muchas veces ponemos límites; Dios abre caminos. Dios derrama su Espíritu.

En la primera lectura, Pedro tiene que explicar a la comunidad de Jerusalén algo que ha sucedido y que algunos no comprenden: también los gentiles, también los que estaban fuera, también los que parecían alejados, han recibido el don de Dios. Y Pedro, después de ver cómo el Espíritu Santo descendía sobre ellos, pronuncia una frase llena de humildad y de fe: “¿Quién era yo para poder oponerme a Dios?”

Esta pregunta deberíamos guardarla hoy en el corazón. Porque, sin darnos cuenta, también nosotros podemos querer decirle a Dios por dónde debe pasar, a quién debe llamar, a quién debe perdonar, cómo debe actuar, qué personas son dignas y cuáles parecen menos preparadas. Pero el Espíritu Santo sopla donde quiere. Toca corazones que quizá nosotros no esperábamos. Abre puertas que nosotros creíamos cerradas.

La conversión, en la lectura de los Hechos, aparece como un regalo: “También a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida”. Convertirse no es únicamente un esfuerzo humano; es dejar entrar el don de Dios, acoger la vida nueva que Él ofrece, permitir que su Espíritu cambie nuestra mirada.

Tal vez Dios está queriendo ensanchar mi corazón y yo sigo defendiendo mis pequeños límites.

El salmo pone en nuestros labios una oración preciosa: “Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo”. En el fondo, toda conversión nace de esta sed. Sed de Dios, sed de verdad, sed de luz, sed de una alegría más honda. Muchas veces buscamos saciar esa sed en mil cosas: ocupaciones, reconocimientos, entretenimientos. Pero el alma sólo descansa cuando vuelve al Dios vivo.

Por eso el salmista suplica: “Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo”. Necesitamos esa luz y esa verdad para caminar. Sin la luz de Dios, confundimos nuestros criterios con su voluntad. Sin su verdad, podemos convertir nuestras costumbres en muros. En cambio, cuando Él guía, el camino termina en alegría: “Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría”.

Y el Evangelio nos da la clave: Jesús dice: “Yo soy la puerta de las ovejas”. Cristo es la puerta por la que se entra a la vida verdadera. Cristo, al ser la puerta, nos enseña a vivir con el corazón abierto. La Iglesia está llamada a ser casa con puerta de Evangelio: puerta que acoge, que acompaña, que discierne, que conduce a Cristo. Una comunidad cristiana nunca puede olvidar que el dueño de la casa es el Señor, y que Él puede llamar a quienes quiere, cuando quiere y como quiere.

Hoy pidamos un corazón pascual: un corazón dócil al Espíritu, humilde como Pedro, sediento como el salmista, centrado en Cristo como única puerta. Un corazón capaz de decir: Señor, ensancha mis límites; abre lo que en mí está cerrado; cura mis resistencias; hazme reconocer tu obra allí donde Tú la estás realizando.

Que al celebrar esta Eucaristía nos acerquemos al Dios de nuestra alegría. Y que, al comulgar, recibamos de Cristo la vida abundante que nos hace más libres, más humildes y más hermanos.

Amén.