Jesús lleva a sus discípulos hasta Cesarea de Filipo y allí les hace una pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos conocen bien las respuestas que circulan. Pero Jesús quiere llegar más lejos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro toma la palabra: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Esta pregunta atraviesa los siglos y llega hoy hasta nosotros. Cada generación cristiana tiene que responderla y cada creyente necesita hacerla suya. Podemos conocer el catecismo, escuchar muchas veces el Evangelio y participar habitualmente en la Eucaristía. Todo ello va conduciendo hacia un encuentro personal en el que podamos decir quién es Jesucristo para nuestra vida.
Pedro ha llegado a su respuesta caminando con Jesús. Ha escuchado su palabra, ha contemplado sus signos, ha visto cómo acogía a las personas y ha comenzado a descubrir el misterio que se escondía detrás de aquel hombre de Nazaret. Pero Jesús le hace comprender que su confesión procede de algo todavía más profundo: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».
La fe es un don que Dios va haciendo crecer en nosotros. Hay momentos en los que comprendemos con una claridad nueva algo que quizá habíamos escuchado muchas veces. Una palabra del Evangelio nos alcanza de manera distinta; una experiencia nos hace descubrir la cercanía de Dios; la oración nos permite reconocer que Cristo se ha convertido verdaderamente en alguien decisivo para nuestra existencia.
Y precisamente a Pedro, después de confesar su fe, Jesús le confía una misión: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Jesús conoce perfectamente a Pedro. Sabe que es generoso y también impulsivo. Sabe incluso que llegará el momento en que tendrá miedo y lo negará. Y cuenta con él. La fuerza de Pedro procederá siempre de Cristo, que lo ha llamado y que volverá a levantarlo después de su caída.
Aquí aparece algo muy hermoso acerca de la Iglesia. Cristo ha querido construirla contando con personas reales. La Iglesia está formada por hombres y mujeres que reciben una llamada y aprenden cada día a vivirla. Cristo es quien edifica; nosotros somos las piedras vivas que Él va colocando en su Iglesia.
La primera lectura nos ayuda a comprender el signo de las llaves. Isaías anuncia que sobre los hombros de Eliacín será puesta «la llave del palacio de David». La llave expresa una autoridad recibida para cuidar una casa. Jesús retoma esa imagen cuando dice a Pedro: «Te daré las llaves del reino de los cielos».
Pedro recibe así una responsabilidad al servicio de la comunión y de la fe. Esa misión continúa en sus sucesores. Por eso la figura del Papa pertenece profundamente a la vida de la Iglesia: confirma a los hermanos en la fe y sirve a la unidad del pueblo de Dios.
Pero el Evangelio nos implica también a nosotros. Si Cristo continúa edificando su Iglesia, ¿qué piedra estoy siendo yo? Cada bautizado tiene algo que aportar. La Iglesia se edifica cuando transmitimos la fe en nuestras familias, cuando participamos responsablemente en nuestra comunidad, cuando nuestra forma de vivir permite que alguien pueda acercarse a Cristo.
San Pablo nos ofrece finalmente una expresión que sitúa todo en su lugar: «De él, por él y para él existe todo». También nuestra vida, nuestra parroquia y nuestra Iglesia encuentran en Cristo su origen y su destino.
Por eso hoy Jesús vuelve a colocarse delante de cada uno y pregunta: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?».
Pedro respondió con palabras. Después necesitó toda una vida para aprender a vivir aquella respuesta. También nosotros. Porque confesar que Jesús es el Mesías significa permitir que esa fe vaya tomando forma concreta en nuestra manera de vivir cada día.
