Queridos hermanos:
Celebramos hoy la memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, un gran pastor que dedicó su vida a anunciar la misericordia de Dios, a formar las conciencias y a acercar el Evangelio a los más sencillos. Su figura ilumina muy bien las lecturas de este día, donde aparecen dos modos muy distintos de situarse ante la verdad: Jeremías, que habla con fidelidad; y Herodes, que queda atrapado por sus miedos y por sus decisiones torcidas.
En la primera lectura, Jeremías es acusado por anunciar la Palabra del Señor. Los sacerdotes y profetas piden su muerte porque su mensaje les incomoda. Él responde con serenidad: «El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad.» Jeremías sabe que su vida está en manos de Dios. Habla con firmeza, pero también invita a la conversión: «Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones.» El profeta no busca vencer a nadie; quiere que el pueblo vuelva a la vida.
Esta escena nos recuerda que la verdad de Dios, cuando llega al corazón, siempre llama a ordenar la vida. A veces consuela, a veces despierta, a veces corrige. La Palabra no entra en nosotros para dejarnos iguales, sino para abrir un camino de salvación. Jeremías es libre porque pertenece al Señor. Su fuerza nace de la obediencia a una Palabra más grande que sus propios intereses.
El Evangelio nos presenta el martirio de Juan Bautista. Herodes lo escucha con inquietud, sabe que Juan es un hombre justo, pero vive dividido. La pasión, el orgullo, el deseo de quedar bien ante los convidados y el peso de una promesa imprudente lo llevan a una decisión terrible. Juan muere porque ha dicho la verdad. Herodes queda como imagen de una conciencia debilitada por la falta de libertad interior.
Hay aquí una enseñanza profunda. La verdad pide un corazón humilde. Cuando uno se acostumbra a justificarlo todo, la conciencia va perdiendo claridad. Cuando uno vive pendiente de la opinión de los demás, puede acabar entregando lo más sagrado por quedar bien un instante. Juan Bautista, en cambio, permanece fiel hasta el final. Su vida entera señala a Cristo, incluso en el silencio de la cárcel.
San Alfonso María de Ligorio fue maestro de conciencia cristiana. Supo unir la exigencia del Evangelio con la ternura de la misericordia. Enseñó que Dios no quiere corazones aplastados por el miedo, sino personas guiadas hacia el bien por el amor. Su teología moral ayudó a muchos a descubrir que la santidad se vive en la realidad concreta, con decisiones claras, con confianza en la gracia y con un corazón abierto a la misericordia.
También nosotros necesitamos formar la conciencia a la luz del Evangelio. Una conciencia que escucha, discierne y elige el bien. Una conciencia capaz de reconocer los propios errores y volver al Señor. Una conciencia que no se deje arrastrar por la presión del ambiente, por la comodidad o por el deseo de agradar a todos.
El salmo pone en nuestros labios una súplica sencilla: «Que me escuche tu gran bondad, Señor.» Esa es nuestra confianza. Dios escucha. Dios sostiene. Dios acompaña a quienes desean vivir en la verdad. Él dio fortaleza a Jeremías, sostuvo a Juan Bautista en su testimonio y suscitó en san Alfonso un pastor lleno de celo por la salvación de las almas.
Pidamos hoy la gracia de un corazón libre. Que sepamos acoger la Palabra que nos corrige y nos salva. Que san Alfonso María de Ligorio interceda por nosotros, para que vivamos con conciencia recta, confianza en la misericordia y deseo sincero de buscar en todo la voluntad de Dios.
Amén.
