Queridos hermanos:
Celebramos hoy la memoria de san Ignacio de Loyola, y la Palabra de Dios nos sitúa ante una tensión muy concreta: la dificultad de acoger una palabra que incomoda y de reconocer a Dios cuando se presenta con un rostro sencillo.
Jeremías recibe del Señor una misión exigente: ponerse en el atrio del templo y anunciar todo lo que Dios le manda decir. El profeta se dirige a un pueblo religioso, a gente que acude al templo, que conoce los ritos y las tradiciones. Pero esa religiosidad necesita conversión. Por eso Jeremías habla con claridad: invita a escuchar, a corregir el camino, a volver al Señor. Su palabra provoca rechazo. El pueblo se arremolina contra él y llega a decir: “Eres reo de muerte”.
La escena nos recuerda que la voz de Dios no siempre llega como consuelo inmediato. A veces llega como llamada a ordenar la vida, como luz que descubre zonas oscuras, como invitación a salir de costumbres que se han vuelto estériles. El profeta verdadero ama demasiado al pueblo como para callar aquello que puede salvarlo.
En el Evangelio, Jesús vuelve a su tierra. Sus vecinos se admiran de su sabiduría y de sus milagros, pero tropiezan con su cercanía: “¿No es el hijo del carpintero?” Lo conocen demasiado por fuera y lo reconocen poco por dentro. Tienen delante al Hijo de Dios, pero lo reducen a lo ya sabido, a lo familiar, a lo que creen controlar. El Evangelio termina con una frase dolorosa: Jesús no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.
También nosotros podemos acostumbrarnos a lo sagrado. Podemos oír muchas veces el Evangelio, celebrar muchas Eucaristías, conocer las palabras de la fe, y dejar que el corazón pierda asombro. La rutina espiritual aparece cuando lo de Dios deja de sorprendernos y lo convertimos en algo manejable. La fe, en cambio, mantiene abierto el corazón para reconocer al Señor incluso cuando llega de manera humilde, cotidiana y cercana.
San Ignacio de Loyola ilumina muy bien estas lecturas. Su vida fue un camino de conversión y discernimiento. Herido en Pamplona, obligado a detenerse, fue descubriendo que Dios hablaba en lo profundo del corazón. Aprendió a distinguir los movimientos interiores, a reconocer lo que acerca a Cristo y lo que aleja de Él, a buscar en todo la voluntad de Dios. Su gran deseo quedó resumido en una orientación sencilla y poderosa: buscar y hallar a Dios en todas las cosas.
Ignacio nos enseña a recibir la Palabra como Jeremías: con valentía, con obediencia, con disponibilidad para dejarnos corregir. Y nos enseña a mirar como pide el Evangelio: con atención, sin encerrarnos en prejuicios, dispuestos a descubrir a Cristo en lo cotidiano. Donde otros veían solo al hijo del carpintero, la fe aprende a reconocer al Señor. Donde otros ven solo interrupciones, trabajos o heridas, el discernimiento cristiano puede encontrar una llamada de Dios.
Hoy podemos pedir una gracia muy ignaciana: ordenar la vida para que Cristo ocupe el centro. Ordenar deseos, afectos, tiempos, decisiones y proyectos. La santidad comienza muchas veces ahí: en dejar que Dios ponga claridad en lo que vivimos, en escuchar su voz sin defendernos demasiado, en acoger su paso humilde por nuestra historia.
Que san Ignacio interceda por nosotros. Que aprendamos a escuchar la Palabra aunque nos remueva, a reconocer a Cristo en lo sencillo y a buscar en todo la mayor gloria de Dios.
Amén.
