Domingo del la XVIII semana del Tiempo Ordinario.

Queridos hermanos:

Cada domingo el Señor nos reúne en torno a su mesa para recordarnos una verdad que fácilmente olvidamos: Dios nunca deja de alimentar a su pueblo. Alimenta nuestro cuerpo con los bienes de la tierra y alimenta el corazón con su amor, su Palabra y la Eucaristía.

El profeta Isaías comienza con una invitación llena de esperanza: «Venid todos los sedientos, venid por agua; venid y comed». Es una llamada dirigida a todos. Dios conoce las hambres que llevamos dentro. Hambre de paz, de sentido, de amor, de esperanza. Sabemos que los bienes materiales son necesarios, pero también descubrimos que, por sí solos, no llenan el corazón. Solo Dios puede colmar esa sed profunda que acompaña toda la vida.

El Evangelio nos presenta a una multitud que sigue a Jesús. Son personas cansadas, enfermas y necesitadas. Jesús las contempla con compasión. Esa mirada sigue posándose hoy sobre cada uno de nosotros. Él conoce nuestras preocupaciones familiares, nuestras incertidumbres, el cansancio del trabajo, el dolor de la enfermedad o la soledad de tantos mayores. Nadie pasa desapercibido para el Señor.

Los discípulos, al ver la escasez de alimentos, proponen despedir a la gente. Jesús, en cambio, les dice: «Dadles vosotros de comer.» Es una frase que atraviesa los siglos y llega también a nuestra comunidad parroquial. Cristo sigue contando con nosotros para llevar esperanza, cercanía y consuelo. Un gesto de escucha, una visita, una palabra amable, una ayuda generosa o un tiempo dedicado a quien lo necesita pueden convertirse en el pan que Dios ofrece a través de nuestras manos.

Los cinco panes y los dos peces parecen muy poca cosa. Sin embargo, puestos en las manos de Jesús, alcanzan para todos y todavía sobra. Ese es el gran mensaje del Evangelio: Dios hace fecunda la generosidad. Él multiplica el bien cuando dejamos de guardarlo para nosotros y lo ponemos al servicio de los demás.

Este milagro nos conduce directamente a la Eucaristía. Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Son los mismos gestos que contemplamos en cada Misa. Aquí recibimos el Pan vivo bajado del cielo, que fortalece nuestra fe y nos envía a vivir como discípulos en medio del mundo. La Eucaristía transforma el corazón y nos hace capaces de compartir lo que somos y lo que tenemos.

La segunda lectura nos ofrece una certeza que sostiene toda nuestra existencia: «Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.» Cambian las circunstancias, llegan pruebas, aparecen dificultades, pero el amor de Cristo permanece siempre. Esa es la roca firme sobre la que edificamos nuestra vida.

Al participar hoy en esta Eucaristía, presentemos al Señor nuestros cinco panes y dos peces: nuestras capacidades, nuestras limitaciones, nuestras alegrías y nuestras preocupaciones. Él sabrá convertir todo ello en bendición para nosotros y para quienes caminan a nuestro lado.

Que la Santísima Virgen María, a quien contemplamos siempre atenta a las necesidades de sus hijos, nos enseñe a confiar plenamente en el Señor y a vivir con un corazón abierto para recibir sus dones y compartirlos con alegría. Así nuestra parroquia seguirá siendo una mesa donde todos puedan encontrar acogida, esperanza y el Pan que da la vida eterna.