Homilía – viernes de la III Semana de Pascua
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos presenta la escena de Saulo camino de Damasco. No es un hombre indiferente. Es apasionado, convencido, seguro de sí mismo. Y, sin embargo, todo cambia en un instante cuando Cristo irrumpe en su camino: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Aquí se revela algo fundamental: Jesús se identifica plenamente con los suyos. Perseguir a la Iglesia es perseguir a Cristo mismo. No hay distancia entre Él y aquellos que le pertenecen.
Saulo responde con una pregunta que marca el inicio de toda conversión auténtica:
“¿Quién eres, Señor?” La fe comienza ahí, cuando dejamos de apoyarnos en nuestras certezas y empezamos a buscar de verdad.
Saulo queda ciego. El que creía ver, ahora no ve. El que se sentía seguro, ahora necesita ser guiado. Dios lo despoja para reconstruirlo.
También nosotros atravesamos momentos así: etapas de oscuridad. No son necesariamente un fracaso; pueden ser el comienzo de una mirada nueva.
En este proceso aparece Ananías. Tiene miedo, y su miedo es razonable. Sabe quién es Saulo. Sin embargo, escucha una palabra que desborda sus esquemas: “Es un instrumento elegido por mí” Donde nosotros vemos el pasado, Dios ve una posibilidad. Donde nosotros vemos límites, Dios ve una misión abierta.
Ananías da un paso, entra en la casa, se acerca y pronuncia una palabra que lo cambia todo: “Hermano Saulo” El perseguidor es acogido como hermano. Aquí se manifiesta el corazón de la Iglesia: una comunión que nace de la gracia, que se apoya en la acción de Dios.
Saulo recupera la vista, es bautizado y comienza a anunciar: “Jesús es el Hijo de Dios”. El encuentro se convierte en misión. Quien ha sido alcanzado por Cristo no puede guardar esa experiencia solo para sí.
El Evangelio nos conduce al fundamento de esta vida nueva. Jesús pronuncia unas palabras exigentes: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre no tenéis vida en vosotros” No se trata de una imagen simbólica sin más. Habla de una comunión real, de una participación en su propia vida. Y añade: “El que me come vivirá por mí” Es decir, la vida del creyente se va configurando desde dentro: aprende a mirar como Cristo, a amar como Cristo, a vivir desde Cristo.
Si unimos ambas lecturas, comprendemos algo esencial: la conversión inicia un camino, pero es la comunión con Cristo la que lo sostiene.
Saulo se transforma en el encuentro, pero será su unión con Cristo la que dará consistencia a toda su misión.
Queridos hermanos, esta Palabra nos toca de cerca. No habla solo de un gran personaje del pasado. Habla de cada uno de nosotros. Todos tenemos zonas que necesitan luz y, sin embargo, Dios sigue entrando en nuestra historia. A veces a través de una pregunta que nos descoloca, a veces a través de una situación que nos detiene, a veces a través de alguien que se acerca y nos llama “hermano”.
Saulo cayó al suelo para levantarse de nuevo. Nosotros nos acercamos al altar para salir también renovados.
Pidamos hoy una gracia sencilla y profunda: dejarnos alcanzar por Cristo,
dejarnos transformar por su presencia, y vivir de Él. Porque solo cuando Cristo se convierte en alimento, la vida encuentra su verdadera fuerza y sentido de eternidad. Amén.
