PUESTO QUE SABÉIS

Homilía — jueves de la IV Semana de Pascua

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este jueves de Pascua nos invita a mirar la historia con ojos de fe. En la primera lectura, san Pablo recorre la historia de Israel y recuerda cómo Dios fue guiando a su pueblo: lo eligió, lo acompañó, lo sacó de Egipto, le dio una tierra, suscitó jueces, profetas y reyes. Y de la descendencia de David, según la promesa, Dios sacó un salvador: Jesús.

Esta es la gran noticia pascual: Dios cumple sus promesas. La historia humana está atravesada por la misericordia de Dios. Él actúa con paciencia, prepara los caminos, levanta a los caídos, vuelve a comenzar con su pueblo y conduce todo hacia Cristo.

Por eso el salmo nos hace cantar: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Cantamos la fidelidad de Dios. Celebramos su amor. Cada uno de nosotros, mirando su propia historia, podría reconocer momentos en los que el Señor sostuvo, perdonó, llamó de nuevo, abrió una puerta, envió una luz, puso a alguien en el camino. Nuestra vida también está escrita con la tinta de la misericordia.

San Pablo recuerda a David como un hombre según el corazón de Dios. Y, sin embargo, sabemos que David también conoció la fragilidad y el pecado. Lo grande de David fue dejarse alcanzar por Dios, volver a Él, reconocer su pobreza y confiar en la promesa. De su descendencia nace Jesús, el Salvador. Así actúa Dios: toma una historia concreta, herida y limitada, y la convierte en camino de salvación.

El Evangelio nos sitúa en la Última Cena. Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos y les dice: “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía”. El Señor nos muestra que la misión cristiana nace del servicio. Ser discípulo de Jesús significa aceptar su estilo: abajarse, lavar los pies, servir con humildad, amar hasta el extremo.

En la Iglesia, en la familia, en la comunidad, en el trabajo, muchas veces buscamos ser reconocidos, valorados, tenidos en cuenta. Jesús, en cambio, nos conduce por otro camino: el camino del servidor. Y añade: “Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. La dicha cristiana se encuentra al vivir el Evangelio, al traducir la fe en gestos concretos, al hacer del amor un servicio real.

También dice Jesús: “El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado”. Cada cristiano, por el bautismo, participa de esta misión. Somos enviados a llevar la presencia de Cristo. Pero sólo podemos hacerlo si vivimos unidos a Él, si dejamos que su misericordia modele nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestros gestos.

Ser enviado de Cristo consiste en hacer visible su cercanía. Un cristiano enviado por Jesús lleva paz donde hay tensión, consuelo donde hay tristeza, paciencia donde hay cansancio, perdón donde hay heridas, esperanza donde parece faltar futuro.

Que esta Eucaristía nos ayude a cantar eternamente las misericordias del Señor, a reconocer a Jesús como el Salvador prometido y a vivir como enviados humildes, servidores de la alegría y de la esperanza.

Amén.