Miércoles de la XXII semana del Tiempo Ordinario

San Pablo utiliza hoy una imagen muy sencilla para explicar qué significa trabajar en la Iglesia: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer». Y concluye: «Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros, campo de Dios, edificio de Dios».

En Corinto habían surgido divisiones. Unos decían: «Yo soy de Pablo»; otros: «Yo soy de Apolo». Habían terminado identificando la fe con las personas que les habían anunciado el Evangelio. Pablo pone cada cosa en su sitio: uno planta, otro riega; el crecimiento pertenece a Dios.

Esta palabra resulta muy necesaria para cualquiera que tenga una responsabilidad dentro de la Iglesia. Podemos preparar, acompañar, enseñar, sembrar la Palabra y dedicar muchas horas a una tarea. Pero hay una parte de la obra que siempre queda fuera de nuestras manos: hacer crecer la semilla. Eso corresponde a Dios.

Comprenderlo nos da una gran libertad. A veces medimos demasiado nuestra entrega por los resultados. Nos preguntamos si hemos conseguido algo, si la gente responde, si una iniciativa funciona, si después de tanto esfuerzo vemos frutos. San Pablo nos invita a trabajar con generosidad y, al mismo tiempo, a dejar el crecimiento en las manos de Dios. Hay semillas que necesitan mucho tiempo. Algunas quizá germinen cuando nosotros ya no estemos allí para verlo.

El Evangelio nos muestra cómo vivía Jesús su propia misión. Entra en casa de Simón, cura a su suegra; al ponerse el sol le llevan numerosos enfermos y Jesús los atiende. Pero al amanecer «salió y se fue a un lugar desierto».

Ese detalle es importante. En medio de una actividad intensa, Jesús busca la soledad. Necesita ese espacio de comunión con el Padre desde el que comprende nuevamente su misión.

La gente sale a buscarlo y quiere retenerlo: «intentaban que no se fuese de ellos». Jesús podría haberse quedado allí. Lo necesitan, lo buscan y su presencia está dando frutos. Sin embargo, responde: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».

Jesús vive desde la conciencia de haber sido enviado. Por eso las necesidades inmediatas y el reconocimiento de la gente no determinan completamente sus decisiones. Su referencia es la voluntad del Padre.

Aquí se encuentran las dos lecturas. Pablo sabe que es colaborador; Jesús sabe que ha sido enviado. Ambas cosas nos recuerdan que la obra pertenece a Dios.

También nuestra vida puede entenderse así. Dios nos confía una parcela concreta de su campo: una familia, una comunidad, una profesión, una responsabilidad pastoral, unas personas determinadas. Nuestra tarea consiste en cuidar fielmente aquello que hoy ha puesto en nuestras manos.

Habrá momentos para plantar y momentos para regar. Habrá frutos que podremos contemplar y otros que permanecerán ocultos. Lo importante es conservar la conciencia que expresa san Pablo: «Somos colaboradores de Dios».

Quizá podamos llevar hoy esta palabra a nuestra oración: Señor, enséñame a trabajar con entrega y a confiarte los frutos. Porque nosotros plantamos y regamos, pero es Dios quien hace crecer.