Sab 13,1-9; Sal 18; Mt 6,24-34
«Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos». El salmo nos invita hoy a recuperar una mirada que quizá hemos ido perdiendo: contemplar la creación y reconocer en ella un don que habla de su Creador.
El libro de la Sabiduría plantea una pregunta muy directa: quienes fueron capaces de admirar y estudiar el universo, «¿cómo no encontraron antes a su Señor?». El autor contempla el fuego, el viento, las estrellas y las fuerzas de la naturaleza, y reconoce en toda esa belleza una huella: «por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre por analogía a su creador».
La creación tiene, por tanto, una dimensión profundamente religiosa. El mundo que habitamos precede a nuestros proyectos y a nuestros intereses. Lo hemos recibido. Y aquello que recibimos como don suscita agradecimiento y responsabilidad.
Por eso esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación tiene su lugar propio dentro de la vida cristiana. La Iglesia nos invita a contemplar nuevamente la tierra como obra de las manos de Dios, a reconocer las heridas que le hemos causado y a asumir nuestra responsabilidad en su cuidado.
El Evangelio añade una perspectiva preciosa. Jesús nos dice: «Mirad los pájaros del cielo». Y después: «Fijaos cómo crecen los lirios del campo».
Jesús invita a mirar.
Hay una verdadera espiritualidad en aprender a mirar la creación. El pájaro y el lirio se convierten en maestros porque hablan de la providencia. Jesús contempla el mundo creado y descubre en él la acción amorosa del Padre.
Quizá uno de nuestros problemas actuales sea precisamente haber dejado de mirar de esa manera. Podemos contemplar la naturaleza solamente como fuente de recursos, valorar las cosas por su utilidad inmediata y acostumbrarnos a consumir más de lo necesario. Cuando desaparece la conciencia del don, fácilmente aparece la explotación.
La crisis ecológica nos recuerda las consecuencias de esta forma de relacionarnos con la tierra. El deterioro de los ecosistemas, la contaminación y el uso irresponsable de los recursos terminan afectando especialmente a quienes disponen de menos medios para protegerse. El cuidado de la creación está profundamente unido al cuidado de las personas.
Por eso la conversión ecológica de la que hablaba Laudato si’ pertenece también a nuestra conversión cristiana. Comienza recuperando la gratitud y se expresa en decisiones concretas: nuestra manera de consumir, de evitar el desperdicio, de utilizar el agua y la energía, de tratar los alimentos y de respetar los espacios que compartimos.
Y hoy celebramos precisamente la Eucaristía, palabra que significa «acción de gracias».
Sobre este altar colocaremos pan y vino, frutos de la tierra y del trabajo humano. La creación entra así en nuestra celebración. Recibimos sus dones, los presentamos a Dios y Cristo los convierte en sacramento de su presencia.
Hay detrás de todo esto un misterio todavía mayor. Como proclama san Pablo: «En Cristo fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por medio de él y para él». La creación entera encuentra en Cristo su origen y su destino. El mismo Señor que recibimos en la Eucaristía es aquel por quien existe cuanto nos rodea.
San Agustín decía bellamente que las obras de Dios lo alaban para que nosotros lo amemos. Hoy podemos unir nuestra voz a esa alabanza.
Cuando salgamos de esta Eucaristía, quizá podamos cumplir literalmente el Evangelio: mirar. Mirar el cielo, un árbol, el agua, los campos que nos rodean. Mirarlos como criaturas y como dones.
Y que de esa mirada nazcan dos palabras capaces de orientar nuestra relación con la creación: «Gracias, Señor» y «¿cómo quieres que cuide lo que has puesto en nuestras manos?».
