La Palabra de Dios de hoy nos habla de una responsabilidad que todos tenemos: cuidar aquello y a aquellos que Dios ha puesto en nuestras manos.
Ezequiel dirige una palabra muy severa a los pastores de Israel: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño?». El profeta denuncia una autoridad que ha perdido su razón de ser. Quienes habían recibido la misión de cuidar al pueblo terminaron preocupándose principalmente de sí mismos.
La imagen del pastor tiene una enorme fuerza en toda la Escritura. El pastor vive pendiente del rebaño, conoce sus necesidades y sale a buscar a la oveja que se ha extraviado. Por eso Dios anuncia por medio de Ezequiel que Él mismo se ocupará de sus ovejas. Detrás de la dureza de la denuncia aparece una hermosa promesa: Dios nunca abandona a su pueblo.
El salmo nos hace responder precisamente desde esa confianza: «El Señor es mi pastor, nada me falta». Nuestra vida descansa en las manos de un Dios que nos conoce y nos conduce.
El Evangelio nos presenta después la parábola de los trabajadores enviados a la viña. Algunos comienzan al amanecer; otros llegan a media mañana, al mediodía o casi al final de la jornada. Cuando llega el momento de pagar, todos reciben un denario.
Humanamente surge enseguida la comparación. Los primeros piensan que merecen más. Han trabajado durante más horas y consideran injusto recibir lo mismo. El dueño responde: «Amigo, no te hago ninguna injusticia… ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Jesús nos introduce así en la lógica de la gratuidad de Dios. El denario representa un don que supera cualquier cálculo: la comunión con Dios, su Reino, la vida que Él ofrece. Todo comienza porque el dueño sale una y otra vez a buscar trabajadores. Dios sigue saliendo a nuestro encuentro, también cuando nuestra respuesta llega tarde.
Esta parábola puede ayudarnos a revisar una tentación muy frecuente en la vida cristiana: compararnos. Podemos mirar cuánto hacemos nosotros y cuánto hacen los demás, los años que llevamos sirviendo, los sacrificios realizados, el reconocimiento recibido. Cuando entramos en esa contabilidad, la alegría comienza a desaparecer.
El Señor nos invita a mirar nuestra propia llamada con agradecimiento. Haber trabajado desde la primera hora también es una gracia. Haber conocido antes al Señor, haber podido servirle durante muchos años, haber entregado tiempo y fuerzas a su Reino constituye ya un regalo.
Las dos lecturas terminan encontrándose en una misma llamada. Dios nos confía personas y tareas para que aprendamos su manera de cuidar y su manera de amar. El buen pastor sirve al rebaño; el trabajador de la viña agradece haber sido llamado. En ambos casos, la mirada permanece puesta en Dios y en la misión recibida.
Hoy podemos preguntarnos: ¿vivo lo que Dios me ha confiado como un don o comienzo a llevar la cuenta de lo que hago y de lo que merezco?
Pidamos al Señor un corazón capaz de servir con alegría y de alegrarse también por el bien que Él hace en la vida de los demás. Porque al final de la jornada descubriremos que el verdadero salario ha sido haber podido trabajar en su viña y caminar cada día bajo la mirada del Buen Pastor.
