Martes de la XX semana del T.O.

La Palabra de Dios de hoy continúa la llamada que escuchábamos ayer en el encuentro de Jesús con el joven rico. Aquel hombre se marchó triste porque tenía muchos bienes. Hoy Jesús ayuda a sus discípulos a comprender qué sucede cuando las riquezas, el poder o nuestras propias capacidades terminan ocupando el lugar que corresponde a Dios.

El profeta Ezequiel dirige una palabra muy fuerte al príncipe de Tiro: «Eres hombre y no dios; pusiste tu corazón como el corazón de Dios». Había alcanzado riqueza, prestigio y poder. El éxito terminó haciéndole creer que todo dependía de él. Y ahí aparece el verdadero problema: el corazón humano puede llegar a sentirse dueño de la vida.

Esta Palabra toca también nuestra experiencia. Podemos organizar nuestra existencia, tomar decisiones, conseguir determinadas seguridades y sentir que tenemos las cosas bajo control. Poco a poco podemos vivir apoyados únicamente en nosotros mismos. Entonces Dios va quedando en un segundo plano, quizá presente en nuestras prácticas religiosas, pero con poca influencia real sobre nuestras decisiones.

Por eso resulta tan significativa la expresión de Ezequiel: «Eres hombre y no dios». Lejos de humillarnos, esta verdad nos libera. Somos criaturas amadas, recibimos la vida cada mañana y dependemos de Dios. Reconocerlo nos permite vivir desde la confianza y agradecer cuanto tenemos.

El Evangelio lleva esta enseñanza todavía más lejos. Jesús afirma: «Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos». Los discípulos quedan desconcertados y preguntan: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Y Jesús responde con una frase que ilumina toda la liturgia de hoy: «Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Aquí está el corazón del Evangelio. La salvación es obra de Dios. Nosotros respondemos, caminamos, luchamos y procuramos ser fieles, pero siempre vivimos sostenidos por su gracia.

Pedro pregunta entonces: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?». En esa pregunta aparece una tentación muy humana: convertir incluso nuestra entrega a Dios en una especie de cuenta pendiente. He dejado esto, he hecho aquello, he sido fiel tantos años… ¿qué recibiré a cambio?

Jesús ensancha la mirada. Quien entrega su vida por Él recibe el ciento por uno y heredará la vida eterna. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Lo entregado por amor encuentra en Él una fecundidad que muchas veces permanece escondida a nuestros ojos.

La Palabra nos invita hoy a vivir con un corazón libre. Podemos disfrutar agradecidamente de los bienes, valorar nuestras capacidades y asumir nuestras responsabilidades, recordando siempre de quién hemos recibido todo.

Quizá hoy podamos quedarnos en la oración con aquella sencilla verdad de Ezequiel: «Eres hombre y no dios». Y convertirla en confianza: Señor, mi vida está en tus manos. Entonces comprenderemos también las palabras de Jesús: «Dios lo puede todo». Ahí comienza la verdadera libertad del discípulo.