Miércoles de la XIV semana del Tiempo Ordinario

Os 10,1-3.7-8.12; Sal 104; Mt 10,1-7

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles nos deja una frase que puede acompañar toda nuestra jornada: «Es tiempo de consultar al Señor.» Oseas la pronuncia como una llamada urgente y, al mismo tiempo, como una puerta abierta a la esperanza. Hay momentos en los que el corazón necesita detenerse, mirar hacia dentro y preguntarse sinceramente hacia dónde está caminando.

El profeta contempla a Israel como una viña frondosa, llena de fruto. Dios había bendecido a su pueblo con abundancia, tierra, historia y promesas. Pero aquella fecundidad terminó alimentando la autosuficiencia. La prosperidad ocupó el lugar de la gratitud. Los dones recibidos dejaron de llevar al Dador y comenzaron a sostener una vida cada vez más dispersa.

Esta palabra nos toca de cerca. También nosotros podemos vivir rodeados de ocupaciones, proyectos y posibilidades, y al mismo tiempo ir dejando a Dios en un rincón. El corazón se llena fácilmente de tareas, preocupaciones, seguridades y deseos. Por eso Oseas propone una imagen muy concreta: «Sembrad justicia, cosechad misericordia.» La vida espiritual se parece a un campo. Lo que sembramos cada día termina creciendo dentro de nosotros.

Sembramos cuando decidimos cómo hablar, cómo mirar, cómo responder, cómo usar el tiempo, cómo tratar a quien nos necesita. La conversión comienza muchas veces por pequeñas siembras nuevas: una palabra más justa, una actitud más limpia, una oración retomada, un perdón ofrecido, una decisión más evangélica. Consultar al Señor significa permitir que Él oriente esa siembra.

El salmo nos invita a buscar continuamente el rostro de Dios. Esta búsqueda mantiene vivo el corazón. Quien busca al Señor aprende a reconocer sus huellas en la historia, en la Palabra, en los hermanos y en los acontecimientos sencillos de cada día.

El Evangelio nos presenta a Jesús llamando por su nombre a los Doce. Después les comunica autoridad y los envía a anunciar: «El Reino de los cielos está cerca.» La misión nace de un encuentro personal. Antes de hablar en nombre de Cristo, los discípulos han escuchado su voz. Antes de ser enviados, han sido llamados.

Aquí aparece la continuidad profunda de las lecturas. Oseas dice: es tiempo de buscar al Señor. Jesús muestra que ese Señor ya se ha acercado en Él y envía a sus discípulos para anunciarlo. La búsqueda de Dios y la misión cristiana caminan unidas. Quien vuelve el corazón hacia el Señor empieza a ver también a los hermanos como destinatarios de una buena noticia.

Cada bautizado participa de este envío. En la familia, en el trabajo, en la parroquia, en la vida cotidiana, podemos anunciar que el Reino está cerca mediante una presencia serena, una palabra de fe, una ayuda concreta o una vida más coherente. La misión comienza cuando nuestra existencia deja entrever que Dios sigue llamando y esperando.

En esta Eucaristía, pidamos al Señor un corazón dispuesto a consultarle de nuevo. Que nos enseñe a sembrar justicia en lo pequeño, a buscar su rostro con perseverancia y a vivir como discípulos enviados. Que María, primera creyente y evangelizadora, nos ayude a decir con la vida que el Reino de Dios está cerca.

Amén.