La liturgia de hoy nos descubre uno de los textos más conmovedores de toda la Sagrada Escritura. El profeta Oseas nos permite entrar en el corazón de Dios. No presenta a un juez distante, sino a un Padre que ama con infinita ternura.
«Cuando Israel era niño, yo lo amé.» Dios recuerda cómo tomó de la mano a su pueblo, cómo le enseñó a caminar y cómo lo sostuvo con lazos de amor. Es la imagen de un padre que acompaña con paciencia el crecimiento de su hijo. Incluso cuando el pueblo se aleja, el amor de Dios permanece fiel. Por eso el Señor exclama: «Mi corazón se conmueve dentro de mí y se inflama toda mi compasión.»
Estas palabras revelan el misterio de la misericordia divina. Dios nunca deja de amar. La infidelidad del hombre hiere esa alianza, pero no destruye el amor del Señor. Su fidelidad es más fuerte que nuestras debilidades. Él siempre abre un camino para volver a empezar.
Este rostro de Dios alcanza su plenitud en Jesucristo. El Evangelio presenta a Jesús enviando a los Doce a anunciar el Reino de Dios. La misión comienza con una afirmación llena de esperanza: «El Reino de los cielos está cerca.» Antes de cualquier exigencia moral, el Evangelio anuncia una presencia: Dios ha salido al encuentro del hombre.
Jesús confía a sus discípulos una misión que refleja el corazón del Padre: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios.» Cada uno de estos gestos manifiesta que el Reino devuelve la vida, restaura la dignidad y libera al ser humano de todo aquello que lo esclaviza. La evangelización siempre lleva consigo una obra de sanación.
Después añade unas palabras que siguen siendo un criterio para toda misión cristiana: «Gratis habéis recibido, dad gratis.» Todo es gracia. Nadie puede apropiarse de los dones de Dios como si fueran un mérito personal. El discípulo anuncia el Evangelio con humildad, sabiendo que antes él mismo ha sido amado, perdonado y sostenido por el Señor.
También nosotros somos enviados cada día. Tal vez no recorreremos pueblos y ciudades como los apóstoles, pero el Señor nos envía a nuestra familia, al trabajo, a nuestros vecinos y amigos. La primera forma de anunciar el Reino consiste en hacer presente el amor de Dios con nuestra manera de escuchar, de servir, de perdonar y de acompañar.
Cada Eucaristía nos sitúa ante ese corazón misericordioso del Padre. Aquí experimentamos que Dios sigue tomándonos de la mano, sigue alimentando nuestra esperanza y sigue enviándonos como testigos de su amor.
Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a vivir con la confianza de quien se sabe profundamente amado por Dios. Que ella nos ayude a anunciar el Evangelio con gratuidad, sencillez y alegría, para que muchos puedan descubrir que el Reino de Dios está realmente cerca.
