Homilía. Martes de la XIV semana del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios continúa hoy el camino iniciado ayer. Oseas nos hablaba del Dios que conduce al desierto para hablar al corazón y renovar la alianza. Hoy el mismo profeta nos muestra el drama contrario: un pueblo que deja de escuchar y empieza a fabricar apoyos que no pueden salvarlo. El Evangelio, por su parte, nos presenta a Jesús liberando a un hombre mudo y mirando a las multitudes con compasión.
Oseas denuncia una ruptura interior. Israel ha levantado reyes y ha fabricado ídolos con sus propias manos. Ha querido asegurar su vida sin apoyarse en el Señor. La frase del profeta es muy expresiva: «Siembran viento y cosechan tempestades.» Cuando el corazón siembra lejos de Dios, termina recogiendo vacío, dispersión y cansancio. Los ídolos prometen consistencia, pero dejan la vida sin raíz.
También nosotros podemos fabricar pequeños ídolos. A veces buscamos seguridad en el control, en el prestigio, en la comodidad, en el dinero, en la imagen o en la aprobación de los demás. Son realidades que ocupan espacio y acaban pidiendo demasiado. La Palabra nos ayuda a reconocer qué estamos sembrando, porque toda vida acaba dando fruto según aquello que cultiva.
El salmo responde con una llamada a la confianza en el Dios vivo. Los ídolos tienen ojos y no ven, boca y no hablan, manos y no tocan. El Señor, en cambio, mira, escucha y acompaña. La fe comienza cuando dejamos que el corazón vuelva al Dios que puede sostenerlo de verdad.
El Evangelio nos muestra a Jesús ante un hombre mudo, dominado por el mal. Cristo lo libera y aquel hombre recupera la palabra. Es un signo muy profundo. El mal muchas veces deja al ser humano sin voz: le quita libertad, le impide expresarse, lo encierra en su propio sufrimiento. Jesús devuelve la palabra porque devuelve la dignidad. Donde Él llega, la persona puede volver a hablar, alabar, relacionarse y vivir.
Después, Jesús recorre ciudades y aldeas, enseña, anuncia el Reino y cura toda enfermedad. Mateo nos deja una frase que revela el corazón de su misión: «Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.» Jesús no mira desde lejos. Su compasión nace de ver profundamente. Reconoce el cansancio de la gente, sus heridas, su desorientación y su necesidad de guía.
Aquí se unen las lecturas. Oseas muestra a un pueblo que se pierde cuando busca salvación en sus propios ídolos. Jesús aparece como el verdadero Pastor que libera, enseña y devuelve vida. Frente a una humanidad cansada, Cristo no ofrece una promesa vacía: se acerca, cura y llama a colaborar en su misión.
Por eso termina diciendo: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad al Señor de la mies.» La compasión de Jesús se convierte en oración y envío. Él quiere que su mirada pase a nuestros ojos y que su cuidado llegue a través de nuestras manos.
Pidamos hoy al Señor que nos ayude a reconocer los ídolos que nos dejan mudos y estériles. Que su gracia devuelva voz a nuestra fe, libertad a nuestro corazón y compasión a nuestra manera de mirar. Que seamos trabajadores humildes en su mies, sembrando Evangelio donde otros solo encuentran cansancio.
Amén.
