Jueves de la XIX semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este jueves nos sitúa ante una experiencia muy humana: la dificultad de aprender de la historia. El salmo nos lo recuerda con una frase que puede convertirse en oración para todo el día: «No olvidéis las acciones del Señor.» Olvidar lo que Dios ha hecho en nosotros nos empobrece por dentro. La memoria creyente mantiene vivo el corazón y nos ayuda a reconocer por dónde quiere llevarnos el Señor.

En la primera lectura, Ezequiel recibe una orden extraña: preparar el equipaje de desterrado y salir a la vista de todos. El profeta debe convertirse en signo viviente para un pueblo que tiene ojos y no ve, oídos y no escucha. Su gesto anuncia el exilio, la salida dolorosa, la pérdida de seguridades. Dios habla a través de una imagen porque la palabra ya no entra fácilmente en el corazón del pueblo.

También nosotros necesitamos a veces gestos que nos despierten. Hay situaciones, acontecimientos, pérdidas o llamadas que nos obligan a mirar la vida con más verdad. El Señor nos educa para no vivir instalados en la superficialidad, para no endurecer el corazón, para no pensar que todo seguirá siempre igual. Ezequiel carga con un equipaje de destierro para decir al pueblo que toda infidelidad termina descolocando la vida.

El Evangelio nos lleva a otra zona profunda del corazón: el perdón. Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Pedro parece generoso. Pero Jesús abre un horizonte mucho más grande: «Hasta setenta veces siete.» Es decir, el perdón cristiano no se calcula como una deuda pequeña; nace de haber recibido antes una misericordia inmensa.

La parábola lo explica con fuerza. Un siervo recibe el perdón de una deuda enorme, imposible de pagar. Pero, al salir, encuentra a un compañero que le debe muy poco y lo trata con dureza. El problema de aquel hombre no está solo en su falta de compasión; está en que ha olvidado el perdón recibido. Ha salido de la presencia del señor sin dejar que la misericordia le cambie el corazón.

Aquí se unen las lecturas de hoy. Ezequiel denuncia un pueblo que no escucha. Jesús muestra un corazón que no recuerda. Y el salmo nos invita a custodiar la memoria de Dios. Cuando olvidamos lo mucho que se nos ha perdonado, nos volvemos más duros con los demás. Cuando recordamos la paciencia que Dios ha tenido con nosotros, el corazón aprende a mirar de otra manera.

Perdonar no significa aprobar el mal ni negar la herida. Perdonar es dejar que Dios ponga su misericordia en el lugar donde el rencor quiere quedarse. A veces será un camino largo, humilde, acompañado por la oración y por la gracia. Pero Jesús nos invita a dar ese paso porque el resentimiento encierra, mientras que el perdón abre futuro.

Hoy podemos preguntarnos qué equipaje llevamos por dentro. Quizá cargamos ofensas antiguas, palabras que dolieron, recuerdos que siguen pesando. El Señor nos llama a poner ese equipaje delante de Él. La Eucaristía es el lugar donde recibimos de nuevo una misericordia inmensa, una deuda perdonada, una vida levantada por gracia.

Pidamos al Señor un corazón con memoria: memoria de su amor, de su paciencia, de su perdón. Que esa memoria nos haga más humildes, más compasivos y más libres. Y que, al salir de esta Misa, sepamos tratar a los demás desde la misericordia que primero hemos recibido de Dios.