Lunes de la XIV semana del Tiempo Ordinario.

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes nos introduce en un camino de recomienzo. Oseas nos habla de un Dios que conduce al desierto para hablar al corazón, y el Evangelio nos presenta a Jesús entrando en contacto con dos heridas humanas: una enfermedad prolongada y una muerte recién llorada. En ambas lecturas aparece una misma certeza: Dios sabe llegar allí donde la vida necesita ser reconstruida desde dentro.

El profeta Oseas utiliza el lenguaje del amor esponsal para expresar la alianza de Dios con su pueblo. Israel ha buscado otros apoyos, ha dispersado su deseo y ha perdido la memoria del amor primero. Dios lo llama de nuevo, y lo hace de un modo sorprendente: «Me la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.» El desierto aparece como lugar de verdad. Allí caen los ruidos, las dependencias y las falsas seguridades. Allí el corazón puede escuchar otra vez.

Dios habla al corazón porque desea sanar la raíz de la infidelidad. Muchas veces nuestras caídas comienzan en un corazón distraído, ocupado por demasiadas voces, cansado de esperar o seducido por amores que prometen mucho y sostienen poco. El Señor no se limita a corregir conductas; quiere recuperar el centro de la persona. Por eso la alianza se expresa con una promesa de pertenencia: «Me desposaré contigo para siempre.» La fe nace y renace cuando descubrimos que Dios sigue queriendo nuestra vida para Él.

El salmo responde con alabanza: «El Señor es clemente y misericordioso.» Quien ha experimentado la paciencia de Dios aprende a bendecirlo. Su misericordia levanta, acompaña y vuelve a empezar con nosotros.

En el Evangelio, Jesús se encuentra con una mujer enferma desde hace doce años y con una niña que acaba de morir. La mujer toca el borde de su manto en silencio. Lleva mucho tiempo sufriendo, quizá también mucho tiempo sintiéndose apartada. Su gesto es pequeño, casi escondido, pero está lleno de fe. Jesús la mira y le devuelve nombre y dignidad: «Ánimo, hija, tu fe te ha salvado.» Antes de seguir su camino, se detiene ante una historia que otros tal vez ya daban por perdida.

Después entra en la casa del duelo y toma de la mano a la niña. Donde otros ven final, Jesús abre un comienzo. La levanta con la autoridad serena de quien trae la vida de Dios. En Cristo, la promesa de Oseas se hace cercana: Dios habla al corazón, toca la herida y devuelve futuro.

También nosotros llevamos zonas de desierto, cansancios antiguos, dolores callados o esperanzas que parecen dormidas. La Palabra de hoy nos invita a dejarnos conducir por Dios hasta el lugar donde puede hablarnos con verdad. Y nos anima a acercarnos a Cristo con una fe sencilla, como la mujer del Evangelio, seguros de que basta tocar su manto para comenzar a vivir de otra manera.

Cada Eucaristía es una alianza renovada. El Señor nos habla, nos mira y nos toma de la mano. Pidamos la gracia de escuchar su voz en nuestros desiertos, de confiar en su presencia y de dejar que Él levante en nosotros todo lo que necesita vida.

Amén.

Lunes de la XIV semana del Tiempo Ordinario.

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes nos introduce en un camino de recomienzo. Oseas nos habla de un Dios que conduce al desierto para hablar al corazón, y el Evangelio nos presenta a Jesús entrando en contacto con dos heridas humanas: una enfermedad prolongada y una muerte recién llorada. En ambas lecturas aparece una misma certeza: Dios sabe llegar allí donde la vida necesita ser reconstruida desde dentro.

El profeta Oseas utiliza el lenguaje del amor esponsal para expresar la alianza de Dios con su pueblo. Israel ha buscado otros apoyos, ha dispersado su deseo y ha perdido la memoria del amor primero. Dios lo llama de nuevo, y lo hace de un modo sorprendente: «Me la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.» El desierto aparece como lugar de verdad. Allí caen los ruidos, las dependencias y las falsas seguridades. Allí el corazón puede escuchar otra vez.

Dios habla al corazón porque desea sanar la raíz de la infidelidad. Muchas veces nuestras caídas comienzan en un corazón distraído, ocupado por demasiadas voces, cansado de esperar o seducido por amores que prometen mucho y sostienen poco. El Señor no se limita a corregir conductas; quiere recuperar el centro de la persona. Por eso la alianza se expresa con una promesa de pertenencia: «Me desposaré contigo para siempre.» La fe nace y renace cuando descubrimos que Dios sigue queriendo nuestra vida para Él.

El salmo responde con alabanza: «El Señor es clemente y misericordioso.» Quien ha experimentado la paciencia de Dios aprende a bendecirlo. Su misericordia levanta, acompaña y vuelve a empezar con nosotros.

En el Evangelio, Jesús se encuentra con una mujer enferma desde hace doce años y con una niña que acaba de morir. La mujer toca el borde de su manto en silencio. Lleva mucho tiempo sufriendo, quizá también mucho tiempo sintiéndose apartada. Su gesto es pequeño, casi escondido, pero está lleno de fe. Jesús la mira y le devuelve nombre y dignidad: «Ánimo, hija, tu fe te ha salvado.» Antes de seguir su camino, se detiene ante una historia que otros tal vez ya daban por perdida.

Después entra en la casa del duelo y toma de la mano a la niña. Donde otros ven final, Jesús abre un comienzo. La levanta con la autoridad serena de quien trae la vida de Dios. En Cristo, la promesa de Oseas se hace cercana: Dios habla al corazón, toca la herida y devuelve futuro.

También nosotros llevamos zonas de desierto, cansancios antiguos, dolores callados o esperanzas que parecen dormidas. La Palabra de hoy nos invita a dejarnos conducir por Dios hasta el lugar donde puede hablarnos con verdad. Y nos anima a acercarnos a Cristo con una fe sencilla, como la mujer del Evangelio, seguros de que basta tocar su manto para comenzar a vivir de otra manera.

Cada Eucaristía es una alianza renovada. El Señor nos habla, nos mira y nos toma de la mano. Pidamos la gracia de escuchar su voz en nuestros desiertos, de confiar en su presencia y de dejar que Él levante en nosotros todo lo que necesita vida.

Amén.