Viernes de la XIV Semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

Hay días en que la Palabra de Dios no nos pide grandes razonamientos, sino un gesto sencillo: volver. El libro de Oseas termina hoy con esa llamada: «Vuelve, Israel, al Señor, tu Dios.» Después de denunciar tantas infidelidades, el profeta no concluye con una amenaza, sino con una puerta abierta. Como si Dios dijera a su pueblo: todavía puedes regresar, todavía hay camino, todavía tu historia no está cerrada.

Oseas nos enseña algo precioso: para volver a Dios hacen falta palabras verdaderas. El profeta dice: «Tomad con vosotros palabras y volved al Señor.» No habla de excusas, ni de justificaciones, ni de promesas grandilocuentes. Habla de palabras limpias, nacidas de un corazón que se reconoce necesitado. La conversión empieza cuando dejamos de maquillar la vida y nos presentamos ante Dios con verdad: “Señor, aquí estoy; cura lo que se ha torcido en mí”.

Y la respuesta de Dios es de una belleza inmensa: «Curaré su deslealtad, los amaré generosamente.» Dios no se limita a recibir al que vuelve; lo rehace por dentro. La deslealtad se cura. La vida se vuelve a levantar. El corazón puede echar raíces nuevas. Oseas utiliza imágenes de rocío, flores, cedros y olivos. Son imágenes de una naturaleza que revive. Así actúa la gracia: sin ruido, con profundidad, haciendo brotar vida donde solo parecía haber desgaste.

El Evangelio, en cambio, nos lleva al camino de los discípulos enviados. Jesús no les pinta una misión fácil: «Os mando como ovejas entre lobos.» Es una frase muy realista. El Evangelio no se anuncia en un mundo ingenuo. Hay resistencias, intereses, tensiones, ambientes donde la fe resulta incómoda. Jesús prepara a los suyos para caminar con lucidez.

Pero la lucidez cristiana no es desconfianza amarga. Por eso añade: «Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas.» Prudencia para no ser ingenuos. Sencillez para no perder la limpieza interior. Prudencia para discernir. Sencillez para no convertirnos en aquello que combatimos. El discípulo necesita inteligencia espiritual y corazón transparente.

Aquí aparece la unión más profunda entre Oseas y el Evangelio. Quien ha vuelto a Dios y ha sido curado por su misericordia puede salir al mundo sin dureza. Ya no necesita imponerse, ni defenderse continuamente, ni responder al mal con amargura. Ha aprendido en su propia historia que Dios reconstruye desde dentro, y por eso anuncia con paciencia, incluso en medio de la dificultad.

Jesús añade una promesa que sostiene toda misión: «El Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.» El discípulo no camina apoyado solo en su capacidad. En la hora difícil, en el momento de dar razón de la fe, en la prueba que supera nuestras fuerzas, el Espíritu sostiene la palabra y guarda el corazón.

Hoy podemos quedarnos con dos movimientos: volver y salir. Volver al Señor con palabras verdaderas. Salir después a la vida con prudencia, sencillez y confianza. La Eucaristía realiza esos dos movimientos: nos recoge ante Dios para ser sanados y nos envía al mundo como testigos.

Pidamos al Señor que cure nuestras deslealtades, que nos conceda raíces hondas y que su Espíritu hable en nosotros. Y que María nos enseñe a vivir con un corazón limpio, capaz de volver siempre a Dios y de servir sin perder la paz.

Amén.