Queridos hermanos:
La Iglesia celebra hoy la fiesta de Santa María Magdalena, una mujer marcada por el amor a Cristo y por la experiencia luminosa de la Pascua. La liturgia la contempla buscando al Amado, llorando junto al sepulcro y recibiendo del Resucitado una misión: anunciar a los discípulos que el Señor vive.
La primera lectura del Cantar de los Cantares pone en sus labios una frase llena de deseo: «Busqué al amor de mi alma.» Esta búsqueda expresa el movimiento más profundo de todo corazón creyente. La fe nace cuando el alma descubre que necesita encontrar al Señor, cuando ya no le basta una relación superficial con Dios, cuando la ausencia de Cristo se convierte en sed.
María Magdalena aparece en el Evangelio de Juan precisamente así: buscando. Va al sepulcro de madrugada, cuando todavía está oscuro. Lleva dentro el dolor de la muerte, el desconcierto de la pérdida y la fidelidad de quien permanece amando. Su llanto no es debilidad; es la huella de un amor verdadero. Llora porque ama, busca porque ha sido alcanzada por Cristo, permanece porque su vida ya no se comprende lejos de Él.
El salmo nos ayuda a nombrar esta experiencia: «Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.» Hay una sed que solo Dios puede calmar. Podemos llenar la vida de ocupaciones, palabras, proyectos y afectos, pero el corazón guarda una hondura que pide al Señor. María Magdalena representa a todos los que buscan a Cristo en medio de la noche, a todos los que han conocido la herida y siguen esperando una palabra de vida.
El momento decisivo llega cuando Jesús pronuncia su nombre: «María.» Hasta entonces ella mira y no reconoce. Cree estar ante el hortelano. Todo cambia al ser llamada por su nombre. La Pascua comienza para ella en esa voz que la alcanza personalmente. El Resucitado no aparece como una idea, ni como un recuerdo consolador, ni como una fuerza anónima. Es el Señor vivo que conoce su historia y la llama.
María responde: «Rabbuní.» En esa palabra se concentra todo: reconocimiento, amor, fe, entrega. Ha encontrado al Amor de su alma. Pero Jesús le confía inmediatamente una misión: «Ve a mis hermanos y diles…» El encuentro pascual no encierra a María en una emoción privada; la convierte en mensajera. La que lloraba junto al sepulcro se transforma en apóstol de la Resurrección.
Aquí está la grandeza de Santa María Magdalena. Su amor la llevó al sepulcro; la voz de Cristo la puso en camino; su anuncio abrió para los discípulos una nueva mañana. Ella nos enseña que la fe cristiana es búsqueda, encuentro y misión. Buscar a Cristo con un corazón sincero. Dejarnos llamar por Él en lo profundo. Llevar a otros la noticia que sostiene a la Iglesia: «He visto al Señor.»
También nosotros podemos acercarnos hoy a esta fiesta con nuestras búsquedas, nuestras lágrimas y nuestras esperanzas. Hay sepulcros interiores, situaciones donde parece que la vida se ha detenido, experiencias donde nos cuesta reconocer la presencia de Dios. El Resucitado sigue acercándose, sigue pronunciando nuestro nombre y sigue enviándonos.
En cada Eucaristía, Cristo vivo nos sale al encuentro. Su Palabra nos llama, su Cuerpo nos alimenta y su Espíritu nos convierte en testigos. Pidamos por intercesión de Santa María Magdalena un corazón ardiente, capaz de buscar a Cristo por encima de todo, reconocer su voz y anunciar con alegría que el Señor ha resucitado.
Amén.
