Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este martes tiene un tono profundamente consolador. Después de las denuncias proféticas y de las llamadas a la conversión, Miqueas termina elevando la mirada hacia el Dios que perdona, que guía de nuevo a su pueblo y que arroja los pecados a lo hondo del mar.
Hay imágenes bíblicas que tienen una fuerza especial. Miqueas no dice simplemente que Dios olvida el pecado; dice que lo arroja al fondo del mar. Es una manera preciosa de expresar que la misericordia de Dios no deja nuestras culpas flotando en la superficie, como recuerdos siempre disponibles para acusarnos. Dios hunde aquello que nos pesa, lo lleva lejos, abre un espacio nuevo donde la vida puede respirar otra vez.
El profeta pregunta: «¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado?» Esta pregunta contiene asombro. Miqueas contempla a un Dios que no queda definido por la ira, sino por la fidelidad a su promesa. Dios vuelve a compadecerse, vuelve a pastorear, vuelve a mostrar su misericordia. La historia herida del pueblo queda sostenida por una fidelidad más antigua y más fuerte que sus caídas.
El salmo recoge esa misma súplica: «Muéstranos, Señor, tu misericordia.» Es una oración sencilla y necesaria. Todos necesitamos que Dios nos muestre su misericordia, porque a veces conocemos bien nuestras heridas, nuestras contradicciones y nuestros cansancios, y nos cuesta creer que pueda abrirse un camino nuevo. La misericordia de Dios permite empezar de otra manera.
El Evangelio nos presenta una escena aparentemente familiar. La madre y los parientes de Jesús están fuera y desean hablar con Él. Jesús responde mirando a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»
Estas palabras no enfrían el amor de Jesús por María; al contrario, revelan su verdadera grandeza. María es la primera que ha escuchado la Palabra y la ha vivido. Su maternidad no es solo biológica; es una maternidad nacida de la fe. Ella pertenece totalmente al misterio de Cristo porque toda su vida fue un sí a la voluntad del Padre.
Jesús ensancha así la familia de Dios. La pertenencia al Reino no depende de la sangre, del apellido o de las seguridades humanas. Nace de escuchar la Palabra y dejar que la voluntad del Padre tome forma en la vida. Quien vive así entra en una cercanía nueva con Cristo.
Aquí se unen Miqueas y el Evangelio. La misericordia nos devuelve a casa. El perdón de Dios no termina en alivio interior; nos reincorpora a una familia, nos enseña a vivir como hijos y hermanos, nos coloca de nuevo en el camino de la voluntad del Padre. Somos perdonados para aprender a pertenecer de otra manera.
Hoy podemos pedir al Señor que arroje al fondo del mar lo que todavía nos ata al pasado. Que su misericordia nos haga más libres, más disponibles, más fraternos. Y que, como María, sepamos vivir cada día con un corazón atento a la Palabra, para formar parte de esa familia nueva que nace alrededor de Jesús.
Amén.
