Fiesta de Santa Brígida, religiosa. Patrona de Europa. Jueves 23 julio

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la fiesta de Santa Brígida, religiosa, esposa, madre, viuda, peregrina y mujer profundamente unida a Cristo. Su vida tiene una riqueza especial porque recorrió muchos estados de la existencia cristiana y en todos ellos buscó al Señor con intensidad. Fue esposa y madre de ocho hijos, conoció la responsabilidad familiar, la vida cortesana, la oración, la peregrinación, la fundación religiosa y el deseo de renovación de la Iglesia. Su santidad nació de una vida concreta entregada a Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender el centro de toda vocación cristiana: «Vivo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.» San Pablo no habla de una pérdida de identidad, sino de una transformación profunda. Cristo entra en la vida del creyente y la configura desde dentro. El cristiano conserva su historia, su carácter, sus dones, sus heridas y su camino, pero todo queda habitado por una presencia nueva.

En Santa Brígida vemos esta verdad hecha biografía. Cristo fue entrando en sus decisiones, en sus afectos, en su modo de mirar el mundo y en su servicio a la Iglesia. Su fe no quedó encerrada en una devoción privada. La unión con Cristo la hizo más atenta a los pobres, más lúcida ante las necesidades de su tiempo, más valiente para llamar a la conversión y más disponible para trabajar por la comunión eclesial.

El salmo nos hace cantar: «Bendigo al Señor en todo momento.» Esta alabanza expresa el tono de una vida reconciliada con Dios. Bendecir al Señor en todo momento significa reconocer su presencia en las distintas etapas del camino: en los días luminosos, en las pruebas, en los cambios y en las responsabilidades. Santa Brígida aprendió a hacer de su vida una respuesta continua al Señor.

El Evangelio nos ofrece la imagen de la vid y los sarmientos: «El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante.» Permanecer es una palabra decisiva. La fecundidad cristiana no nace de la agitación, ni del deseo de protagonismo, ni de la sola capacidad humana. Nace de estar unidos a Cristo. El sarmiento da fruto porque recibe la savia de la vid. El discípulo da fruto cuando deja que la vida de Cristo circule por su interior.

Santa Brígida fue fecunda porque permaneció. Permaneció en la oración, en la escucha de la Palabra, en la fidelidad a su vocación y en el amor a la Iglesia. Su patronazgo sobre Europa nos recuerda que la renovación de los pueblos comienza por corazones unidos a Dios. Europa necesita memoria espiritual, raíces cristianas vivas, hombres y mujeres capaces de vivir desde el Evangelio y de servir al bien común con verdad y caridad.

Jesús añade una palabra exigente: «Sin mí no podéis hacer nada.» Esta frase nos libera de la autosuficiencia. Podemos organizar mucho, trabajar mucho y proyectar mucho; la vida verdaderamente evangélica nace de la comunión con Cristo. Cuando Él permanece en nosotros, nuestras obras adquieren hondura, nuestras palabras reciben luz y nuestros esfuerzos se hacen más fecundos.

Hoy podemos pedir a Santa Brígida que nos ayude a vivir una fe encarnada. Una fe capaz de entrar en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la Iglesia y en la historia. Una fe que une contemplación y responsabilidad, oración y servicio, amor a Cristo y compromiso con el mundo.

En esta Eucaristía, Cristo, vid verdadera, nos une de nuevo a Él. Que su vida circule por nuestro corazón. Que permanezcamos en su amor. Y que, como Santa Brígida, demos fruto abundante para la Iglesia y para este mundo que tanto necesita testigos de Dios.

Amén.