Viernes de la XVI semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este viernes tiene un tono de llamada y de promesa. Jeremías habla a un pueblo disperso y le transmite una invitación de Dios: «Volved, hijos apóstatas.» Es una palabra fuerte, pero llena de futuro. Dios llama porque desea reunir. Pronuncia una palabra de retorno porque sueña con un pueblo reconciliado, congregado, capaz de caminar unido bajo su guía.

La primera imagen que aparece es la del pastor. Dios promete pastores según su corazón, capaces de apacentar con ciencia y prudencia. En la Escritura, el pastor no es solo quien manda; es quien conoce, acompaña, protege y orienta. El pueblo necesita guías que lo conduzcan hacia Dios, que alimenten la esperanza y que cuiden la comunión.

Jeremías anuncia también una transformación profunda: Jerusalén será llamada «Trono del Señor» y todas las naciones se reunirán en ella. La presencia de Dios ocupará el centro. La ciudad ya no se definirá por sus seguridades exteriores, sino por el Señor que habita en medio de ella. La verdadera restauración empieza cuando Dios vuelve a ser el centro de la vida común.

El salmo responde con una imagen de consuelo: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.» Después de la dispersión llega la reunión. Después del llanto, la alegría. Después del cansancio, la promesa de una tierra fecunda. Dios no abandona la historia a su fragmentación; trabaja para reunir lo que se había separado.

El Evangelio nos devuelve a la parábola del sembrador, esta vez explicada por Jesús. La semilla es la Palabra del Reino. Lo decisivo no está solo en que la semilla sea buena, sino en la disposición de la tierra. Jesús habla del corazón que oye sin comprender, del entusiasmo sin raíz, de las preocupaciones que ahogan, y de la tierra buena que escucha, entiende y da fruto.

Esta explicación puede leerse a la luz de Jeremías. Un pueblo disperso necesita volver a ser tierra reunida. También nuestro corazón puede estar disperso: una parte escucha, otra se distrae; una parte desea a Dios, otra se agarra a sus propias seguridades; una parte quiere crecer, otra queda atrapada en preocupaciones que ocupan demasiado espacio. La Palabra de Dios viene a reunirnos por dentro.

Hay una pregunta importante para hoy: ¿qué clase de tierra estoy ofreciendo a la Palabra? Quizá necesitamos comprender mejor lo que escuchamos, echar raíces más hondas, ordenar preocupaciones, liberar espacio interior. La tierra buena no es una tierra perfecta; es una tierra trabajada, abierta, capaz de recibir y de dejar crecer.

La Eucaristía realiza esta obra en nosotros. El Señor nos reúne, nos alimenta y siembra de nuevo su Palabra. Él quiere hacer de nuestro corazón una Jerusalén interior, un lugar donde su presencia ocupe el centro y desde donde pueda crecer una vida fecunda.

Pidamos hoy al Señor pastores según su corazón y un corazón según su Palabra. Que nos reúna de nuestras dispersiones, que guarde nuestra vida como un pastor guarda su rebaño y que su semilla encuentre en nosotros tierra profunda, libre y fecunda.

Amén.