Y todo comenzó con un encuentro: Ven y verás. Ven tú mismo. Acércate. Conócelo.
Esta escena nos dice mucho sobre la evangelización. Podemos explicar la fe, enseñar el Evangelio, ofrecer razones y transmitir la doctrina cristiana. Todo ello tiene su importancia. Pero la fe alcanza su verdadera profundidad cuando una persona llega a encontrarse con Cristo. La misión de Felipe consiste precisamente en facilitar ese encuentro.
Y cuando Natanael se acerca sucede algo inesperado. Antes de que pueda conocer a Jesús, descubre que Jesús ya lo conoce a él: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Quizá aquí esté lo más hermoso del «Ven y verás». Acercarse a Cristo significa descubrir que hemos sido vistos antes. Él conoce nuestra historia, nuestras búsquedas, las preguntas que llevamos dentro. Natanael se siente alcanzado por aquella mirada y responde: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
El hombre que había comenzado poniendo dificultades termina confesando la fe. Y Jesús le dice: «Has de ver cosas mayores».
Esas cosas mayores llevarán a Bartolomé hasta la misión apostólica. La primera lectura del Apocalipsis nos permite contemplar el destino de aquella vocación. San Juan ve la Jerusalén nueva, la ciudad definitiva de Dios, y descubre que su muralla descansa sobre doce cimientos que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Entre esos nombres está Bartolomé.
Aquel que fue invitado a acercarse terminó siendo fundamento para que otros pudieran creer.
La Jerusalén celestial representa la Iglesia llevada a su plenitud, una humanidad definitivamente reconciliada con Dios. En ella desaparecerán el llanto, el dolor y la muerte. Dios mismo será su luz y el Cordero su santuario. Ese fue el futuro que anunciaron los apóstoles. Por ese Evangelio recorrieron caminos y derramaron su sangre. Habían visto al Señor y querían que otros pudieran verlo.
También nuestra fe comenzó, de alguna manera, con un «Ven y verás». Alguien nos acercó a Cristo. Quizá fueron nuestros padres, nuestra familia, un sacerdote, una religiosa, un catequista o una comunidad cristiana. A través de ellos recibimos una invitación que después tuvo que convertirse en experiencia personal.
Y ahora nos corresponde a nosotros pronunciar esas palabras. En una sociedad donde muchas personas viven alejadas de la fe, quizá nuestra primera misión consista en ayudarles a acercarse. Una palabra dicha oportunamente, una invitación, nuestro modo de vivir, una comunidad que acoge pueden convertirse en ese «Ven y verás» que abre un camino.
Felipe condujo a Natanael hasta Jesús y después dejó que Jesús hiciera el resto. Esta puede ser también una hermosa imagen de nuestra misión: llevar a las personas hasta Cristo para que puedan descubrirse miradas por Él.
Porque quien verdaderamente se encuentra con Cristo puede escuchar, como Bartolomé, una promesa que abre toda una vida: «Has de ver cosas mayores».
