Homilía — martes de la 4.ª semana de Pascua
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos muestra una Iglesia en movimiento, una Iglesia que no se queda encerrada, sino que, empujada por el Espíritu Santo, sale, anuncia y da fruto.
En la primera lectura, los discípulos dispersados por la persecución llegan hasta Antioquía. Y allí ocurre algo decisivo: “se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús”. Hasta ese momento muchos pensaban que el Evangelio era solo para algunos. Pero el Espíritu abre caminos nuevos. La Buena Noticia no tiene fronteras. Cristo no pertenece a un grupo cerrado: Cristo es para todos.
Y el texto añade algo muy hermoso: “fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos”. Ser cristiano era vivir de tal manera que los demás reconocieran en ellos algo de Cristo. Los llamaron cristianos porque hablaban de Cristo, vivían de Cristo, servían como Cristo, amaban como Cristo.
El salmo nos hace cantar: “Alabad al Señor todas las naciones”. Es la misma idea de la primera lectura: Dios quiere reunir a todos sus hijos. La Iglesia no existe para mirarse a sí misma, sino para ser casa abierta, ciudad de Dios, lugar donde todos puedan descubrir que el Señor los ama.
En el Evangelio, Jesús nos lleva al corazón de esta fe. Dice: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna”. Ser cristiano comienza por escuchar. En medio de tantas voces que nos confunden, nos distraen o nos prometen felicidades vacías, el discípulo aprende a reconocer la voz del Buen Pastor. Jesús no dice solamente: “ellas me conocen”; dice primero: “yo las conozco”. Antes de que nosotros busquemos a Dios, Dios ya nos conoce.
Después Jesús añade una palabra de gran consuelo: “nadie las arrebatará de mi mano”. La vida cristiana no significa que no habrá pruebas. Los primeros discípulos fueron perseguidos, dispersados, incomprendidos. Pero nada pudo arrancarlos de la mano de Cristo. Incluso la persecución se convirtió en ocasión de evangelización. Jesús, termina diciendo: “Yo y el Padre somos uno”. Esta frase revela su misterio más profundo. En Jesús vemos el rostro del Padre. Quien escucha a Cristo, escucha a Dios. Quien sigue a Cristo, camina hacia el Padre. Quien permanece en Cristo, tiene vida eterna.
Pidamos hoy tres gracias: escuchar la voz del Buen Pastor, vivir de tal manera que se note que somos cristianos, y anunciar el Evangelio sin miedo, como aquellos discípulos de Antioquía. Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude a permanecer fieles en las manos de Cristo, para que también por medio de nuestra vida muchos puedan conocer la alegría del Evangelio.
Amén.
