Homilía — Fiesta de Santa Catalina de Siena
Queridos hermanos:
Celebramos hoy la fiesta de Santa Catalina de Siena, una mujer pequeña a los ojos del mundo, pero grande ante Dios. Nacida en Italia en el siglo XIV, desde muy joven se entregó a la oración, al servicio de los pobres. Amaba apasionadamente a Cristo y a la Iglesia. La amó en tiempos difíciles, con heridas, divisiones y conflictos. Por eso trabajó por la unidad, escribió a los grandes de su tiempo, animó al Papa Gregorio XI a regresar a Roma y buscó siempre la reconciliación. Ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo y vivió una intensa experiencia espiritual que la convirtió en mujer de reconciliación, de paz y de valentía evangélica.
San Juan nos dice en la primera lectura: “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna”. Esta afirmación ilumina toda la vida cristiana. Caminar con Dios es dejar que su luz entre en la verdad de nuestra existencia: en lo que somos, en lo que vivimos, en nuestros deseos más hondos.
Santa Catalina vivió bajo esa luz. Quien camina en la luz aprende a mirar la realidad con los ojos de Dios y se convierte en instrumento de reconciliación.
San Juan añade una palabra llena de esperanza: “Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará” La luz de Dios revela nuestra pobreza y, al mismo tiempo, nos abre al perdón. Cristo es nuestro abogado ante el Padre; intercede por nosotros y nos devuelve la confianza. Por eso la vida cristiana crece cuando caminamos en humildad, reconociendo nuestra verdad y acogiendo la misericordia.
El salmo nos hace bendecir al Señor: “Bendice, alma mía, al Señor”. Bendecimos a Dios porque perdona, cura, rescata y colma de gracia. Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro, y su misericordia acompaña la vida de quienes le temen. Esta ternura de Dios sostuvo también a Santa Catalina en una vida intensa, llena de entrega, de lucha interior y de servicio eclesial.
En el Evangelio, Jesús da gracias al Padre porque ha revelado sus misterios a los pequeños. Catalina fue grande porque se hizo pequeña ante Dios. Su sabiduría nació de la humildad. Y Jesús nos dirige hoy una invitación preciosa: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Traigamos al Señor nuestros cansancios, preocupaciones, pecados, heridas y responsabilidades. Aprendamos de su corazón manso y humilde. Su yugo es el amor: exigente, fiel, concreto, capaz de dar descanso al alma y fuerza para servir.
Pidamos hoy, por intercesión de Santa Catalina de Siena, caminar en la luz, reconocer con humildad nuestra necesidad de perdón, bendecir la misericordia de Dios y descansar en el corazón de Cristo.
Que esta Eucaristía nos haga pequeños ante el Padre, sinceros ante su luz y valientes para amar y servir a la Iglesia con alegría. Amén.
