Lunes de la XXII semana del Tiempo Ordinario

Jesús entra en la sinagoga de Nazaret, el lugar donde se había criado, toma el libro de Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos».

Después pronuncia una frase decisiva: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Ese «hoy» tiene una enorme importancia. Jesús anuncia que las promesas de Dios están realizándose en su persona. La salvación ha dejado de ser únicamente una esperanza para el futuro. Dios está actuando ahora, acercándose a quienes necesitan una buena noticia, liberando y devolviendo esperanza.

Al principio, los habitantes de Nazaret quedan admirados. Pero inmediatamente surge la dificultad: «¿No es este el hijo de José?». Lo conocen demasiado. Han visto crecer a Jesús, conocen a su familia y creen saberlo todo acerca de Él. Esa familiaridad termina impidiéndoles descubrir el misterio que tienen delante.

Aquí aparece un peligro que también puede afectarnos. Podemos acostumbrarnos a Jesús. Escuchamos su Palabra continuamente, conocemos los relatos evangélicos, celebramos la Eucaristía y repetimos las mismas oraciones. Y aquello que debería sorprendernos puede terminar resultándonos demasiado conocido.

La Palabra de Dios pide ser escuchada siempre como palabra pronunciada hoy. Hoy Cristo quiere entrar en alguna realidad concreta de nuestra existencia. Hoy quiere iluminar algo, abrir una posibilidad, provocar una decisión. La pregunta después de escuchar el Evangelio podría ser sencillamente: ¿qué está cumpliendo hoy esta Palabra en mí?

Los habitantes de Nazaret encuentran además otra dificultad. Jesús recuerda a Elías y a Eliseo, enviados por Dios a personas extranjeras: la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. La gracia de Dios desborda las fronteras que ellos habían establecido. Dios es libre para acercarse a quien quiere.

Aquello provoca su rechazo. La admiración inicial se convierte en indignación y pretenden despeñar a Jesús. Pero san Lucas escribe con una serenidad impresionante: «Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino». La resistencia humana no consigue detener la obra de Dios.

San Pablo nos ayuda a comprender cómo continúa ese camino. Dice a los corintios: «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado». Pablo tampoco quiere que la fe dependa de grandes discursos. Desea que se apoye en «el poder de Dios».

Tenemos así dos llamadas muy concretas para comenzar esta semana. Escuchar la Palabra con la novedad del «hoy» y volver a poner a Jesucristo en el centro. Evitar que la costumbre apague nuestra capacidad de dejarnos alcanzar por Él.

Cuando dentro de unos momentos escuchemos nuevamente sus palabras en la Eucaristía, Cristo seguirá diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura». Ese «hoy» es también el nuestro. La cuestión es permitirle encontrar espacio para cumplir su Palabra en nuestra vida.