DOMINGO XXII TO

El domingo pasado Pedro hacía una de las confesiones más hermosas del Evangelio: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Hoy, pocos versículos después, ese mismo Pedro escucha de Jesús: «Ponte detrás de mí».

Pedro sabe quién es Jesús, pero todavía tiene que aprender qué significa seguirlo.

Cuando Jesús anuncia que irá a Jerusalén, que sufrirá, morirá y resucitará, Pedro intenta apartarlo de ese camino: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Pedro quiere a Jesús. Precisamente por eso desea evitarle el sufrimiento. El problema está en que comienza a indicarle a Jesús cómo debería realizar su misión.

Y Jesús le dice: «Ponte detrás de mí».

Esta expresión contiene una enseñanza fundamental. El lugar del discípulo está detrás del Maestro. Creer en Cristo significa dejar que Él vaya delante.

También nosotros podemos caer fácilmente en la actitud de Pedro. Tenemos nuestros proyectos, nuestros deseos, una determinada idea de cómo deberían desarrollarse las cosas. Rezamos y esperamos que Dios nos ayude a conseguirlas. Y cuando la vida toma otro rumbo, cuando aparece una dificultad, una enfermedad, una pérdida o algo que rompe nuestros planes, nos cuesta comprender.

En esos momentos vuelve a escucharse: «Ponte detrás de mí». Confía. Sigue caminando. Hay caminos de Dios cuyo sentido solamente comprendemos después.

Jeremías lo había experimentado. «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Había respondido a la llamada de Dios con entusiasmo, pero ser profeta comenzó a resultarle doloroso. Su palabra provocaba rechazo y burlas. Llegó incluso a pensar que abandonaría su misión.

Sin embargo, descubre algo dentro de sí: «Había en mis entrañas como fuego ardiente… intentaba contenerlo y no podía».

La Palabra había entrado tan profundamente en Jeremías que ya formaba parte de su propia existencia. El seguimiento se había hecho difícil, pero aquella llamada continuaba ardiendo dentro de él.

Por eso Jesús habla hoy con tanta claridad: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

La cruz de la que habla Jesús tiene mucho que ver con la fidelidad. Hay cruces que aparecen precisamente porque hemos decidido amar: cuidar durante años a una persona, permanecer junto a alguien en un momento difícil, sacar adelante una familia, perdonar, cumplir responsablemente una misión, seguir haciendo el bien cuando nadie lo reconoce.

La cruz cristiana adquiere su sentido cuando queda unida al seguimiento de Jesús. «Tome su cruz y me siga». Cristo va delante. Nosotros caminamos con Él.

San Pablo nos ofrece una manera muy concreta de vivirlo: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». El cuerpo significa nuestra vida real, la que tenemos cada mañana entre las manos. Podemos convertir nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestras responsabilidades y también nuestras dificultades en una ofrenda a Dios.

Y Pablo añade algo especialmente necesario: «Transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios».

Eso es precisamente lo que Pedro tiene que aprender. Y también nosotros. La madurez de la fe llega cuando dejamos de preguntarnos únicamente: «Señor, ¿por qué no haces lo que yo esperaba?», y empezamos a preguntar: «Señor, ¿qué quieres de mí en esta situación?»

Pedro seguirá caminando detrás de Jesús. Se equivocará todavía muchas veces, conocerá su propia debilidad y llegará finalmente a entregar la vida por Cristo. Aquel hombre que quería señalarle el camino al Maestro terminará dejando que el Maestro conduzca toda su existencia.

Hoy Jesús vuelve a decirnos: «Ponte detrás de mí». Quizá ahí esté la decisión que necesitamos renovar en esta Eucaristía: permitir que Cristo vaya delante y aprender a seguirlo también cuando todavía no comprendemos completamente el camino.