«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Pocas frases expresan tan bien la vida de san Agustín, cuya memoria celebramos hoy. Ayer contemplábamos a santa Mónica esperando entre lágrimas la conversión de su hijo. Hoy encontramos a ese hijo convertido en uno de los grandes maestros de la Iglesia.
Agustín fue un hombre profundamente inquieto. Buscó la felicidad, la verdad y el sentido de su existencia por caminos muy diversos. Poseía una inteligencia extraordinaria, conoció el éxito como maestro de retórica y se dejó seducir por distintas corrientes de pensamiento. Sin embargo, permanecía dentro de él una insatisfacción que ninguna de aquellas experiencias conseguía llenar.
Hasta que descubrió que, mientras él buscaba a Dios, Dios llevaba mucho tiempo buscándolo a él.
Por eso su conversión fue mucho más que un cambio de conducta. Fue el descubrimiento de una presencia que siempre lo había acompañado. Años después lo expresará con otra de sus frases más hermosas: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé». Había buscado fuera aquello que Dios estaba esperando revelarle en lo profundo de su corazón.
El Evangelio de las diez vírgenes ilumina muy bien esta experiencia. Todas esperan al esposo, pero solamente cinco llevan aceite suficiente para mantener encendidas sus lámparas. Cuando llega el esposo se escucha el grito: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!».
Ese esposo es Cristo. Y toda nuestra existencia puede entenderse como preparación para ese encuentro.
El aceite de la parábola habla de algo que nadie puede improvisar en el último momento. Hay una relación con Dios que necesita cultivarse, una fe que debe alimentarse y una vida interior que va creciendo poco a poco. Podemos poseer conocimientos religiosos y cumplir determinadas prácticas; el Evangelio nos invita a mantener vivo el deseo de encontrarnos con Cristo.
San Agustín conoció precisamente el paso desde saber cosas acerca de Dios hasta encontrarse personalmente con Él. Y cuando lo encontró, comprendió también de una manera nueva la sabiduría de la cruz de la que habla san Pablo: «Predicamos a Cristo crucificado… fuerza de Dios y sabiduría de Dios».
El brillante profesor de retórica tuvo que aprender que la verdad de Dios supera nuestros razonamientos. El Dios que buscaba se le reveló en Cristo, y en Cristo crucificado descubrió un amor capaz de alcanzar incluso su propia pobreza.
Quizá la figura de Agustín tenga una actualidad especial. También hoy encontramos muchas personas inquietas, buscando felicidad y sentido por caminos muy distintos. Y también dentro de nosotros permanece una inquietud que las cosas, los éxitos o las satisfacciones pasajeras nunca terminan de colmar.
Agustín nos enseña a escuchar esa inquietud. Puede convertirse en camino hacia Dios. Hay deseos profundos del corazón que solamente encuentran su medida cuando descubrimos para quién hemos sido creados.
Por eso hoy podemos quedarnos con la imagen de la lámpara encendida. Cuidar el aceite significa mantener vivo el deseo de Dios, buscarlo en la oración, escuchar su Palabra y reconocer su presencia en nuestra vida.
Hasta que también nosotros podamos decir con san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
