Sábado de la XXI semana del T.O. Martirio de san Juan Bautista.

Hay una frase del Evangelio que ayuda a comprender el martirio de san Juan Bautista: «Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía; cuando lo escuchaba quedaba desconcertado y lo escuchaba con gusto».

Herodes escucha a Juan, incluso siente cierta admiración por él. El problema llega cuando aquella palabra toca directamente su vida: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano».

Juan había recibido una misión: preparar los caminos del Señor. La cumplió anunciando la llegada del Mesías, llamando a la conversión y señalando finalmente a Jesús: «Este es el Cordero de Dios». Ahora su fidelidad le exige algo mucho más difícil: decir la verdad cuando esa verdad resulta incómoda.

Juan termina encarcelado precisamente por haber hablado.

El Evangelio presenta entonces una escena profundamente humana. Herodes celebra su cumpleaños, hace una promesa imprudente delante de sus invitados y, cuando la hija de Herodías pide la cabeza de Juan Bautista, queda entristecido. Sabe que aquello está mal. Su conciencia todavía habla. Sin embargo, pesan más el juramento pronunciado y la opinión de quienes están sentados a la mesa.

Aquí aparece el verdadero drama de Herodes: conoce la verdad, pero carece de libertad para obedecerla.

Y esta puede ser una palabra importante para nosotros. La conciencia cristiana necesita algo más que saber distinguir entre el bien y el mal. Necesita la fortaleza necesaria para actuar de acuerdo con aquello que reconocemos como verdadero.

A veces nuestras decisiones pueden quedar demasiado condicionadas por lo que pensarán los demás, por el deseo de quedar bien, por compromisos adquiridos precipitadamente o por el miedo a las consecuencias. Herodes sacrifica a un inocente para proteger su propia imagen delante de los invitados.

Frente a él está Juan. Humanamente parece el más débil: está encerrado, sin poder y sin posibilidad de defenderse. Sin embargo, es el único verdaderamente libre de toda la escena. Puede perder la vida, pero permanece fiel a la verdad que ha anunciado.

San Pablo nos ayuda hoy a comprender esta paradoja: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso». Juan termina decapitado en una cárcel y Herodes continúa sentado en su trono. A los ojos del Evangelio sabemos quién ha vencido.

El martirio de Juan Bautista es la culminación de toda su existencia. Había dicho acerca de Cristo: «Él tiene que crecer y yo tengo que menguar». Y menguó hasta entregar la vida. Su misión siempre consistió en señalar a Otro.

Celebrar su martirio nos invita a recuperar el valor de una conciencia formada por el Evangelio. También nosotros necesitamos aprender a decir una palabra verdadera cuando corresponde, a mantener nuestras convicciones cuando resultan incómodas y, sobre todo, a vivir de acuerdo con aquello que profesamos.

Quizá podamos pedir hoy una gracia muy concreta: Señor, dame un corazón libre para reconocer la verdad y fortaleza para vivir conforme a ella.

San Juan Bautista nos muestra hasta dónde puede llegar esa libertad. Herodes tenía el poder y vivía prisionero de sus miedos. Juan estaba encarcelado y permanecía libre, porque había puesto toda su vida al servicio de la verdad.