Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos enfrenta a una de las preguntas más importantes de la vida: ¿qué es lo que verdaderamente vale la pena? Es una pregunta que todos, antes o después, estamos llamados a responder con nuestra manera de vivir.
El profeta Nahún anuncia la caída de Nínive, una ciudad poderosa, rica y temida. Parecía invencible. Había construido su grandeza sobre la violencia, el orgullo y el dominio de los demás. Sin embargo, todo aquello termina derrumbándose. El profeta nos recuerda una verdad permanente: todo lo que el hombre edifica prescindiendo de Dios acaba siendo frágil. El poder pasa, la riqueza cambia de manos, el prestigio desaparece. Solo permanece aquello que está cimentado en el Señor.
El Evangelio continúa esa misma enseñanza con palabras de Jesús que siempre resultan exigentes: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.»
Estas palabras no son una invitación al sufrimiento por el sufrimiento. Jesús está hablando del amor. Amar de verdad siempre supone salir de uno mismo. Un padre o una madre lo saben por sus hijos; quien cuida a un enfermo también lo experimenta; quien perdona una ofensa comprende que el amor tiene un precio. La cruz de la que habla Jesús es el camino del amor fiel, del servicio generoso y de la entrega cotidiana.
Por eso añade una frase que parece una paradoja: «Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien la pierda por mí la encontrará.» El Evangelio nos descubre que una vida encerrada en sí misma termina empobreciéndose. En cambio, una vida entregada encuentra una alegría mucho más profunda que la simple satisfacción de los propios intereses.
Y entonces Jesús formula una pregunta que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?»
Es una pregunta muy actual. Vivimos en una sociedad que mide el éxito por lo que se posee, por la imagen que se proyecta o por los logros alcanzados. Cristo propone otro criterio: el verdadero éxito consiste en conservar el alma abierta a Dios. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, vivir con el corazón vacío. También podemos atravesar momentos sencillos o difíciles y experimentar una paz profunda cuando sabemos que caminamos junto al Señor.
Cada Eucaristía nos ayuda precisamente a ordenar nuestra vida. Aquí volvemos a descubrir qué es lo esencial. Cristo se entrega completamente por nosotros y nos enseña que la plenitud de la existencia no consiste en acumular, sino en amar.
Pidamos hoy al Señor la sabiduría para distinguir lo importante de lo accesorio. Que no gastemos nuestras mejores energías en aquello que pasa, sino en aquello que permanece para siempre: la fe, la esperanza, la caridad y la comunión con Dios.
Que la Virgen María, que siguió a su Hijo hasta la cruz y participó después de la alegría de la Resurrección, nos enseñe a recorrer ese mismo camino, con la certeza de que quien entrega su vida por amor nunca la pierde, sino que la encuentra plenamente en Cristo.
