Queridos hermanos:
Cada año la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración en pleno verano. No es una casualidad. En medio del camino, cuando el cansancio puede hacerse sentir, la liturgia nos invita a levantar la mirada y a contemplar el destino hacia el que Cristo nos conduce.
El Evangelio nos dice que Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a un monte alto. En la Biblia, el monte es el lugar del encuentro con Dios. Jesús no sube para alejarse del mundo, sino para ayudar a sus discípulos a descubrir el sentido profundo de lo que están viviendo.
Poco antes había anunciado su pasión. Los discípulos estaban desconcertados. Esperaban un Mesías triunfante y comenzaban a escuchar hablar de la cruz. Por eso el Señor les permite contemplar, por un instante, la gloria escondida en su humanidad. La Transfiguración no elimina el camino de la cruz; ofrece la luz necesaria para recorrerlo.
También nosotros necesitamos subir de vez en cuando al monte. La vida cotidiana puede llenarnos de preocupaciones, prisas y responsabilidades hasta el punto de perder de vista lo esencial. La oración, la escucha de la Palabra y la Eucaristía son ese monte donde Cristo vuelve a mostrarnos quién es Él y quiénes estamos llamados a ser.
El evangelista dice que «su rostro resplandecía como el sol». Los discípulos descubren que la verdadera identidad de Jesús no se comprende solo mirando sus gestos humanos; se revela en su comunión con el Padre. Toda su vida está iluminada por esa relación de amor.
Y entonces se escucha la voz del cielo: «Este es mi Hijo amado… escuchadlo.» Es el centro de toda la escena. El Padre no pide, en primer lugar, que admiremos a Jesús, ni siquiera que hablemos de Él. Nos pide algo mucho más sencillo y mucho más exigente: escucharlo.
Escuchar a Cristo significa dejar que su Palabra ilumine nuestros criterios, nuestras decisiones y nuestra manera de vivir. Con frecuencia escuchamos muchas voces: las del ambiente, las de nuestras preocupaciones, las de nuestros propios miedos. La voz de Jesús necesita un corazón disponible, capaz de hacer silencio para acogerla.
Pedro quisiera quedarse en el monte y construir tres tiendas. Es una reacción muy humana: conservar los momentos de luz y evitar volver al camino ordinario. Sin embargo, Jesús los conduce de nuevo al valle, donde esperan las personas, las necesidades y la misión. La experiencia de Dios nunca nos aparta de la vida; nos devuelve a ella con un corazón transformado.
Esa es también la enseñanza para nosotros. Venimos a la Eucaristía para contemplar a Cristo, escuchar su voz y dejarnos transformar por su presencia. Después regresamos a nuestras familias, al trabajo y a nuestras ocupaciones llevando una luz nueva. La verdadera transfiguración comienza cuando el encuentro con Cristo cambia nuestra forma de mirar, de hablar, de servir y de amar.
La primera lectura del profeta Daniel nos presenta al Hijo del hombre recibiendo un reino eterno. El Evangelio nos muestra que ese Rey es Cristo, cuya gloria pasa por la entrega de la cruz. Quien permanece unido a Él descubre que las dificultades no tienen la última palabra, porque el horizonte definitivo es la vida en Dios.
Pidamos hoy al Señor la gracia de escuchar cada día su voz. Que, en medio de las preocupaciones y del ritmo de la vida, no perdamos el deseo de subir al monte de la oración. Allí Cristo seguirá transfigurando nuestro corazón para que también nosotros reflejemos, con humildad y alegría, un poco de la luz de su Evangelio.
