Sábado de la XVIII semana del Tiempo Ordinario, Memoria de santo Domingo de Guzmán

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la memoria de santo Domingo de Guzmán, predicador incansable del Evangelio, hombre de oración, de estudio y de compasión por la salvación de todos. Su vida nos ayuda a escuchar con especial hondura la Palabra de este sábado, que nos habla de fe, de confianza y de una esperanza capaz de sostenerse en medio de la dificultad.

La primera lectura, del profeta Habacuc, nace de una pregunta dolorosa. El profeta mira la historia y se siente desconcertado. Ve violencia, injusticia, opresión, situaciones que parecen imponerse sin remedio. Entonces se dirige a Dios con libertad: “¿Hasta cuándo?” Habacuc representa a tantos creyentes que, ante el mal del mundo, ante el sufrimiento de los inocentes o ante la aparente fuerza de la injusticia, elevan al Señor una oración llena de inquietud.

Dios responde invitando al profeta a esperar. Le manda escribir la visión, conservar la promesa, mantenerse firme. Y pronuncia una frase que atraviesa toda la Escritura: «El justo vivirá por su fe.» La fe aparece aquí como una forma de permanecer apoyados en Dios cuando todavía no vemos el desenlace. Creer es seguir confiando en que la historia está en sus manos, aun cuando los tiempos de Dios no coincidan con nuestras urgencias.

El Evangelio nos presenta a un padre que se acerca a Jesús con el dolor de su hijo enfermo. Los discípulos no han podido curarlo y preguntan al Señor por qué. Jesús les habla de la fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza. La imagen es hermosa: una fe pequeña, pero viva, puede abrir caminos que parecen cerrados. La fuerza no está en el tamaño aparente de nuestra fe, sino en Aquel en quien esa fe se apoya.

Santo Domingo vivió de esa fe. En una época de confusión doctrinal y de grandes tensiones, respondió con la predicación de la verdad y con una vida pobre, evangélica y cercana. Comprendió que la Palabra de Dios debía ser anunciada con claridad, pero también con caridad; que la verdad cristiana debía nacer de la contemplación y convertirse en luz para los demás. Por eso la tradición dominicana resumirá su espíritu en una expresión preciosa: contemplar y dar a los demás lo contemplado.

En Habacuc vemos al creyente que pregunta; en el Evangelio, al padre que suplica; en santo Domingo, al predicador que se deja encender por la verdad para servir a la Iglesia. Las tres figuras nos enseñan que la fe cristiana no es una idea fría, sino una relación viva con Dios. Una fe que pregunta, suplica, espera, estudia, anuncia y se pone al servicio de los demás.

También nosotros necesitamos esa fe. A veces nos sentimos pequeños ante los problemas de la vida, ante la enfermedad, ante la falta de frutos, ante la indiferencia religiosa o ante las dificultades de la Iglesia. El Señor nos recuerda hoy que basta una fe viva, humilde y perseverante para que su gracia pueda actuar. Una fe como semilla, capaz de crecer. Una fe como lámpara, capaz de iluminar. Una fe como raíz, capaz de sostenernos cuando llegan los vientos.

Pidamos hoy, por intercesión de santo Domingo de Guzmán, un corazón enamorado de la verdad de Cristo. Que sepamos escuchar la Palabra, meditarla con fidelidad y anunciarla con obras y palabras. Que el Señor fortalezca nuestra fe, sostenga nuestra esperanza y haga de nuestra vida una predicación sencilla y luminosa de su Evangelio.

Amén.