Miércoles de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy está atravesada por una misma certeza: Dios nunca se cansa de amar. Aunque el hombre se aleje, aunque la historia pase por momentos oscuros, el Señor permanece fiel a su amor. Esa fidelidad sostiene nuestra esperanza.

La primera lectura recoge una de las frases más bellas de toda la Escritura: «Con amor eterno te amé.» Dios no dice: «te amé cuando eras fiel» o «te amaré cuando cambies». Dice simplemente: «Con amor eterno te amé.» Es un amor que precede a nuestras respuestas, que permanece en nuestras debilidades y que siempre busca levantarnos.

Por eso el Señor promete reunir a su pueblo disperso y conducirlo de nuevo a la alegría. El amor de Dios nunca encierra; siempre reúne. Nunca divide; siempre reconstruye la comunión.

El Evangelio nos presenta a una mujer cananea. Humanamente, tenía todos los motivos para pensar que Jesús no iba a escucharla: era extranjera, no pertenecía al pueblo de Israel y, además, experimenta un primer silencio del Señor y unas palabras difíciles de comprender.

Sin embargo, aquella mujer posee una fe extraordinaria. No se desanima, no se marcha ofendida, no convierte el silencio de Jesús en motivo para abandonar. Permanece delante del Señor y continúa confiando. Su fe no exige, suplica. No reclama derechos; se abandona a la misericordia.

Al final, Jesús exclama admirado: «¡Mujer, qué grande es tu fe!». No alaba únicamente su insistencia, sino la confianza que ha sabido mantenerse incluso cuando no entendía lo que estaba sucediendo.

También nosotros conocemos esos momentos. Rezamos por una intención y la respuesta tarda en llegar. Pedimos por un familiar, por una enfermedad, por una situación complicada, y parece que Dios guarda silencio. El Evangelio de hoy nos enseña que el silencio de Dios nunca significa ausencia. Muchas veces es un camino por el que el Señor hace crecer nuestra confianza y purifica nuestra manera de creer.

La fe madura cuando permanece incluso sin comprenderlo todo. Es entonces cuando dejamos de buscar únicamente los dones de Dios y comenzamos a buscar al mismo Dios.

La Eucaristía que celebramos es el lugar donde descubrimos ese amor eterno del que habla Jeremías. Cristo vuelve a reunirnos como un solo pueblo y nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo para que aprendamos a vivir de esa misma confianza.

Pidamos hoy al Señor una fe como la de la mujer cananea: humilde, perseverante y confiada. Una fe que no dependa de que todo salga como esperamos, sino de la certeza de que Dios siempre cumple su promesa: «Con amor eterno te amé.» Quien vive apoyado en ese amor encuentra la fuerza para seguir caminando, incluso cuando el camino pasa por la prueba.

Que la Virgen María, que creyó incluso al pie de la cruz, nos enseñe a permanecer junto al Señor con un corazón confiado, sabiendo que el amor de Dios siempre tiene la última palabra.