Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia celebra a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de todos los párrocos. Es un día hermoso para dar gracias a Dios por los sacerdotes y para rezar por ellos. Un sacerdote no pertenece a sí mismo; ha sido llamado para conducir al pueblo hacia Cristo. Y esa misión solo puede vivirse desde una profunda amistad con el Señor.
Las lecturas de este día nos ayudan a comprender cuál es el fundamento de esa misión.
El profeta Jeremías habla a un pueblo herido. Parece que todo está perdido, pero Dios pronuncia una palabra de esperanza: «Cambiaré su suerte… reconstruiré.» Es una de las constantes de la historia de la salvación. Dios no abandona a su pueblo cuando cae; sale a buscarlo para levantarlo y devolverle la esperanza.
También nosotros conocemos heridas personales y familiares. Hay momentos en los que pensamos que algunas situaciones ya no tienen remedio. Sin embargo, el Señor sigue diciendo: «Yo puedo reconstruir». Él siempre abre un camino nuevo para quien se deja encontrar por su misericordia.
En el Evangelio, los fariseos centran su atención en unas normas externas sobre la purificación de las manos. Jesús aprovecha la ocasión para recordar una verdad fundamental: la relación con Dios nace del corazón. La fe no consiste únicamente en cumplir unas prácticas religiosas. El Señor desea transformar el interior de la persona, porque es allí donde nacen las decisiones, las palabras y las obras.
Todos podemos preguntarnos hoy: ¿cómo está mi corazón? Es fácil cuidar la apariencia y, al mismo tiempo, descuidar la oración, el perdón, la paciencia o la caridad. Jesús nos invita a volver continuamente a lo esencial: un corazón que escuche a Dios y se deje moldear por Él.
Eso fue precisamente lo que hizo grande a san Juan María Vianney. No destacó por sus cualidades humanas ni por grandes proyectos pastorales. Su fuerza estaba en la oración. Pasaba largas horas ante el Sagrario y dedicaba gran parte de su vida al sacramento de la Reconciliación. Había comprendido que un sacerdote solo puede acercar a los demás a Cristo cuando él mismo vive muy unido a Cristo.
Por eso, esta memoria es una invitación para toda la comunidad cristiana. Rezad por vuestros sacerdotes. Necesitan la gracia de Dios y el apoyo de la oración de su pueblo para servir con fidelidad, humildad y alegría. Y rezad también para que nunca falten jóvenes que escuchen la llamada del Señor al sacerdocio.
Al acercarnos hoy a la Eucaristía, pidamos al Señor un corazón sencillo y disponible. Que no nos quedemos en una fe de costumbres, sino que cada día permitamos que su Palabra transforme nuestra manera de pensar, de hablar y de vivir.
Que san Juan María Vianney interceda por todos los párrocos y por nuestra parroquia, para que crezcamos como una comunidad unida en la fe, alimentada por la Eucaristía y sostenida por la esperanza que nace de Cristo.
