UNA MIRADA DISTINTA

Homilía. Viernes de la XI semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios continúa hoy el itinerario espiritual de esta semana. Hemos pasado de la ambición de Ajab a la conversión, de la herencia profética de Elías a la oración enseñada por Jesús. Hoy la liturgia nos invita a mirar dónde está nuestro verdadero tesoro y qué ocupa el centro del corazón.

La primera lectura presenta un momento dramático de la historia de Judá. Atalía ha usurpado el poder y pretende asegurar su dominio eliminando a la descendencia real. Sin embargo, el pequeño Joás es preservado en secreto y, llegado el momento, es presentado al pueblo, ungido y reconocido como rey. La escena culmina con una renovación de la alianza: el pueblo vuelve a reconocer al Señor y se compromete a vivir según su voluntad. Este relato muestra que la promesa de Dios permanece viva incluso en tiempos de oscuridad. La fidelidad divina abre futuro allí donde la violencia parecía haberlo cerrado. Joás representa una esperanza escondida, protegida durante años y manifestada en el momento oportuno. Dios sigue sosteniendo su alianza y conduce la historia hacia la restauración.

El salmo lo expresa con estas palabras: «El Señor ha elegido Sión para vivir en ella». Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Su presencia da estabilidad, identidad y esperanza. También nuestro corazón está llamado a ser morada de Dios. La pregunta decisiva es qué lugar le concedemos y qué realidad ocupa el centro de nuestra vida.

El Evangelio nos conduce precisamente hasta ahí: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón». Jesús sabe que el corazón termina orientándose hacia aquello que considera valioso. Si nuestro tesoro está en la riqueza, el prestigio o la aprobación, la vida queda sometida a bienes frágiles. Cuando el tesoro es Dios y su Reino, el corazón encuentra una libertad más profunda.

Jesús añade: «La lámpara del cuerpo es el ojo». La mirada revela la orientación interior. Una mirada limpia descubre el bien, agradece lo recibido y reconoce la presencia de Dios. Una mirada oscurecida por la codicia o la comparación termina deformando la realidad y empobreciendo el corazón. Aquí se conectan las lecturas. Judá recupera su camino cuando vuelve a la alianza y coloca al Señor en el centro. El discípulo de Jesús encuentra luz cuando sitúa su tesoro en Dios. La conversión consiste muchas veces en revisar lo que valoramos, lo que buscamos y aquello a lo que entregamos nuestras mejores energías.

Pidamos hoy al Señor que purifique nuestra mirada y ordene nuestro corazón. Que sepamos reconocer los tesoros que permanecen: la fe, la caridad, la verdad, la entrega. Y que nuestra vida vuelva siempre a la alianza con Dios, porque allí donde Él habita, el corazón encuentra su verdadera luz. Amén.