Homilía. Miércoles de la XI semana del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios continúa hoy el camino espiritual de esta semana. El lunes contemplábamos el pecado de Ajab, nacido del deseo de apropiarse de la viña de Nabot. Ayer aparecía la llamada a la conversión y el mandato de amar incluso a los enemigos. Hoy la liturgia nos conduce hacia una nueva etapa: aprender a vivir desde la presencia de Dios, con un corazón desprendido de la apariencia y atento a la herencia espiritual recibida.
La primera lectura narra la despedida de Elías. El profeta está a punto de ser arrebatado, y Eliseo permanece junto a él. Varias veces escucha la invitación a quedarse, pero responde: «Vive el Señor y vive tu alma, que no te dejaré». Eliseo desea permanecer cerca del maestro hasta el final. Su fidelidad expresa algo muy profundo: los dones de Dios se reciben en una relación viva, en la escucha, en la perseverancia y en el acompañamiento.
Cuando Elías le pregunta qué desea, Eliseo pide una doble porción de su espíritu. Desea continuar la misión recibida. No busca la fama del profeta, sino la fuerza interior para servir al pueblo. Después ve a Elías subir al cielo y recoge el manto que ha caído. Ese manto representa una llamada, una responsabilidad y una presencia que continúa.
También nosotros recibimos una herencia espiritual. La fe ha llegado hasta nosotros a través de personas concretas: padres, catequistas, sacerdotes, religiosas, testigos sencillos que nos enseñaron a confiar en Dios. Cada generación recibe un manto y está llamada a llevarlo con fidelidad. La memoria de quienes nos precedieron se convierte en misión cuando su fe sigue viva en nuestras obras.
El salmo nos anima: «Sed valientes de corazón los que esperáis en el Señor». Eliseo queda solo ante el Jordán, pero lleva consigo la promesa de Dios. Golpea las aguas con el manto de Elías y pregunta: «¿Dónde está el Señor, Dios de Elías?» La respuesta llega en el camino abierto. Dios sigue presente. La misión continúa. La esperanza madura cuando aprendemos a reconocer que el Señor actúa también en las nuevas etapas.
El Evangelio nos lleva al interior del corazón. Jesús habla de la limosna, la oración y el ayuno. Estas prácticas expresan la relación con Dios y con el hermano. El Señor pide vivirlas delante del Padre, que ve en lo escondido. La vida espiritual encuentra su verdad cuando nace del amor y busca agradar a Dios.
La tentación de la apariencia puede entrar también en las cosas santas. Podemos ayudar esperando reconocimiento, rezar para ser vistos o convertir el sacrificio en motivo de superioridad. Jesús nos invita a entrar en el secreto, allí donde el Padre conoce la intención profunda y sostiene la entrega.
Aquí se unen las lecturas. Eliseo recoge el manto sin buscar protagonismo; recibe una misión que deberá vivir ante Dios. El discípulo del Evangelio practica la justicia desde lo escondido. La verdadera herencia espiritual se reconoce en una fidelidad humilde, capaz de servir sin reclamar aplausos.
Pidamos al Señor que nos ayude a cuidar el manto de la fe que hemos recibido. Que sepamos vivir ante su mirada, con una oración sincera y una caridad discreta. Y que nuestra vida continúe, con humildad, la obra que Dios ha comenzado en quienes nos precedieron.
Amén.
