LA PACIENCIA DE DIOS

Homilía. Martes de la IX semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos sitúa hoy ante una mirada grande sobre la vida. San Pedro nos habla de la esperanza cristiana: “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.” La fe nos abre a la promesa de Dios. Caminamos hacia una plenitud que el Señor prepara, una creación renovada donde la justicia, la paz y la comunión serán definitivas.

Pero esta esperanza no nos aparta de la responsabilidad diaria. San Pedro añade: “Procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.” Esperar al Señor significa vivir ya de una manera nueva. El cristiano mira al futuro de Dios y, desde esa esperanza, cuida el presente: sus palabras, sus decisiones, sus relaciones, su manera de estar en el mundo.

Hay una frase preciosa en esta lectura: “La paciencia de vuestro Señor es vuestra salvación.” Dios tiene paciencia con nosotros. Su tiempo es tiempo de misericordia. Nos concede días para convertirnos, para ordenar el corazón, para volver a Él, para crecer en el amor. Muchas veces nosotros vivimos con prisa, con ansiedad, con exigencias inmediatas. Dios trabaja de otra manera. Su paciencia no es indiferencia; es oportunidad de salvación.

El salmo nos ayuda a poner nuestra vida en su verdadera medida: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.” Somos frágiles. Nuestros años pasan, nuestros proyectos cambian, nuestras seguridades se agotan. Pero Dios permanece. Por eso el creyente se apoya solo en el Señor que sostiene la historia. La esperanza cristiana nace de saber que nuestra vida está en manos de Dios.

En el Evangelio, algunos intentan tender una trampa a Jesús con la cuestión del tributo al César. Quieren encerrarlo en una respuesta política. Jesús, con una sabiduría admirable, eleva la cuestión: “Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios.”

El Señor reconoce la responsabilidad concreta en la vida social. El cristiano ha de ser ciudadano honrado, respetuoso, comprometido con el bien común. Pero Jesús recuerda algo más hondo: la moneda lleva la imagen del César; el ser humano lleva la imagen de Dios. Por eso a Dios le pertenece nuestra vida entera: la conciencia, el corazón, la libertad, la verdad de lo que somos.

Dar al César lo que es del César significa vivir con responsabilidad en el mundo. Dar a Dios lo que es de Dios significa devolverle nuestra existencia como ofrenda. Nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestras preocupaciones y nuestras decisiones pueden convertirse en lugar de fidelidad.

Hoy se nos invita a vivir con esperanza y con lucidez. Caminamos hacia un cielo nuevo y una tierra nueva, mientras Dios nos pide una vida reconciliada, honrada y abierta a su gracia. Que el Señor nos encuentre en paz con Él, con el corazón disponible y con la vida orientada hacia su Reino.

Amén.