Homilía. Miércoles de la IX semana del Tiempo Ordinario. Año par
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este miércoles nos invita a vivir la fe con confianza, con valentía interior y con una mirada abierta a la vida eterna.
San Pablo, escribiendo a Timoteo, le recuerda el don que ha recibido de Dios: “Reaviva el don de Dios que hay en ti.” Es una expresión muy hermosa. La fe, la vocación, la gracia recibida, pueden debilitarse con el paso del tiempo si dejamos que el cansancio, el miedo o la rutina apaguen su fuerza. Por eso Pablo habla de reavivar. Es como soplar sobre unas brasas que siguen encendidas, aunque parezcan cubiertas de ceniza.
También nosotros necesitamos escuchar esta palabra. Hay momentos en que la vida cristiana pierde frescura. Seguimos caminando, seguimos cumpliendo, seguimos rezando, pero quizá con menos fuego interior. San Pablo nos recuerda que Dios ha puesto en nosotros un don, y ese don necesita ser cuidado, alimentado y ofrecido.
Después añade una frase decisiva: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.” La fe cristiana pide confianza. Pablo está preso, sufre por el Evangelio, conoce el rechazo y la dificultad. Sin embargo, no habla desde la derrota, sino desde una profunda seguridad: “Sé de quién me he fiado.” Esa es una de las grandes claves de la vida creyente. La fortaleza cristiana nace de saber en quién hemos puesto nuestra confianza.
El salmo recoge esa misma actitud: “A ti levanto mis ojos.” El creyente aprende a levantar la mirada hacia Dios cuando la vida pesa, cuando las fuerzas disminuyen, cuando no todo se comprende. Levantar los ojos hacia el Señor es reconocer que nuestra vida necesita su misericordia, su paciencia y su luz.
En el Evangelio, los saduceos se acercan a Jesús con una pregunta sobre la resurrección. En realidad, buscan ridiculizar la esperanza en la vida eterna. Jesús responde llevándolos al corazón de la revelación: Dios es Dios de vivos. Para Dios, la vida humana no queda encerrada en la muerte. Quien vive en sus manos participa de una vida que supera nuestros cálculos y nuestras imágenes limitadas.
La resurrección no es una simple prolongación de esta vida, con sus mismas formas y relaciones. Es una vida nueva en Dios. Jesús nos abre a una esperanza más grande que nuestra imaginación. La vida eterna no consiste en repetir indefinidamente lo terreno, sino en entrar plenamente en la comunión con Dios.
Esta esperanza ilumina también nuestro presente. Si Dios es Dios de vivos, nuestra existencia tiene un valor inmenso. Nada vivido en el amor se pierde. Ninguna fidelidad queda sin sentido. Ninguna entrega permanece estéril ante Dios. La fe en la resurrección nos ayuda a vivir con más hondura, a relativizar lo que pasa y a cuidar lo que permanece.
San Pablo nos dice: “Sé de quién me he fiado.” Jesús nos dice: “Dios es Dios de vivos.” Entre estas dos afirmaciones podemos sostener nuestra jornada. Confiamos en un Dios fiel, que guarda nuestra vida, que reaviva nuestros dones y que nos llama a una plenitud más grande que la muerte.
Pidamos hoy al Señor que reavive en nosotros la fe recibida. Que despierte lo que se ha enfriado, fortalezca lo que se ha cansado y nos conceda vivir cada día con la esperanza puesta en Él.
