EL SEÑOR ES MI PASTOR

Homilía — IV Domingo de Pascua. Domingo del Buen Pastor

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el Domingo del Buen Pastor. Y esta imagen de Jesús es una revelación profunda de quién es Cristo para nosotros: el Pastor que nos conoce, la Puerta que nos abre la vida, la Voz que nos llama por nuestro nombre y nos conduce a la libertad.

Hoy, en esta Misa Mayor, reunidos como familia parroquial —niños, jóvenes, padres, adultos, ancianos, enfermos que nos siguen desde sus casas—, la Palabra de Dios nos hace una declaración: “Yo soy el guardián de vuestras almas”

En la primera lectura, después de escuchar a Pedro, aquellos hombres “sintieron traspasado el corazón” y preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” La Palabra les alcanzó la vida, les despertó la conciencia, les abrió una necesidad de cambio.

También nosotros podemos venir a misa, escuchar el Evangelio, conocer muchas cosas de religión y, sin embargo, no dejarnos tocar. Podemos pensar enseguida: “Esto le vendría bien a tal persona”, “esto lo tendría que escuchar aquel”. Pero hoy la Palabra nos pide otra actitud: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde tengo que cambiar? ¿Qué zona de mi vida necesita tu luz?

Pedro no reduce la fe a normas pequeñas ni a una lista de permisos y prohibiciones. Va al corazón: convertíos. Es decir: volved al Señor, cambiad la dirección de la vida, dejad que Dios os transforme desde dentro.

La segunda lectura nos pone delante a Cristo sufriente. San Pedro nos recuerda que sus heridas nos han curado. Y esto toca muy profundamente nuestra vida. Porque todos llevamos heridas: heridas familiares, afectivas, personales; heridas de palabras duras, de soledades, de enfermedades, de pérdidas, de fracasos. A veces esas heridas nos endurecen; a veces, desde ellas, también nosotros herimos.

Pero Cristo nos muestra otro camino. Él no cura hiriendo. Cristo cura desde sus propias heridas abiertas por amor. Sus llagas son misericordia; sus heridas son perdón; su dolor entregado es salvación.

Por eso, el estilo del Buen Pastor es: mansedumbre, paciencia, firmeza sin violencia, verdad sin desprecio, corrección sin humillación, amor sin posesión. También en la familia, en la parroquia, en la sociedad, no toda palabra fuerte es evangélica; no toda defensa de la verdad se parece a Cristo. Sólo lo que nace del amor puede curar de verdad.

Y en el Evangelio Jesús nos dice: “Yo soy la puerta de las ovejas”. Qué imagen tan bella. Cristo es la puerta verdadera. Una puerta que conduce a la vida. Él mismo lo dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Esta frase deberíamos guardarla hoy en el corazón. Ha venido a darnos vida verdadera: vida reconciliada, vida con sentido, vida libre, vida eterna. Seguir al Buen Pastor no es perder libertad; es encontrarla. Porque su voz nos saca de todo lo que nos encierra: el pecado, el miedo, la culpa, el egoísmo, la indiferencia, la desesperanza.

El Evangelio dice que el pastor llama a sus ovejas por su nombre. Para Cristo no somos masa, ni números, ni rostros anónimos. Cada niño, cada joven, cada padre y madre, cada anciano, cada enfermo, cada persona que hoy viene con alegría o con lágrimas, tiene nombre ante Dios. Cristo nos conoce y nos llama personalmente.

Pero hay muchas voces. Voces que prometen felicidad rápida; voces que siembran miedo; voces que nos dicen que valemos sólo por lo que producimos; voces que nos empujan a compararnos, consumir, aparentar o endurecernos. Voces que dividen y roban la paz.

La voz de Jesús tiene otro tono. Puede corregirnos, pero siempre para levantarnos. Puede inquietarnos, pero para despertarnos. Puede traspasarnos el corazón, pero para curarnos. Por eso necesitamos aprender a escuchar: en la oración, en la Palabra de Dios, en la Eucaristía, en la conciencia, en los pobres, en los acontecimientos y también en la comunidad.

Hoy rezamos especialmente por las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pedimos al Señor pastores según su corazón, Pero no olvidemos que todos estamos llamados a reflejar algo del Buen Pastor: los padres con sus hijos, los catequistas con los niños, los jóvenes con sus amigos, los abuelos con su sabiduría, quienes cuidan, enseñan, acompañan o sirven.

Queridos hermanos, hoy Jesús nos dice: “Yo soy la puerta”. Entremos por Él. Dejemos que su vida entre en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras heridas, en nuestras decisiones, en nuestra parroquia, en nuestra enfermedad, en nuestra ancianidad, en nuestra juventud y en nuestros cansancios.

Que esta Eucaristía sea un momento de escucha profunda. Que no salgamos igual. Que la Palabra nos traspase el corazón y podamos decir: Señor, ¿qué quieres que haga?  ¿Qué puerta quieres abrir en mí?

Y que, al acercarnos a comulgar, reconozcamos la voz del Buen Pastor, que nos llama por nuestro nombre y nos conduce a la vida abundante. Amén.