ID A GALILEA

Lectio divina – Lunes de la Octava de Pascua.

1. Invocación al Espíritu Santo

Señor Jesús resucitado, en este día de Pascua quiero ponerme ante tu Palabra con el corazón abierto. Haz que no escuche este anuncio como algo lejano, sino como una noticia viva que me alcanza hoy. Envía tu Espíritu Santo para que abra mis ojos, disipe mis miedos, avive mi alegría y me enseñe a reconocer que tú sales a mi encuentro en medio de la vida concreta. Que tu Palabra me haga pasar de la tristeza a la esperanza, del encierro al anuncio, del miedo a la confianza.

2. Lectura: ¿qué dice la Palabra?

El Evangelio de san Mateo nos presenta a las mujeres saliendo del sepulcro “a toda prisa y llenas de alegría”. Habían ido buscando el cuerpo de Jesús y, después del anuncio del ángel, se ponen en camino para comunicar la noticia a los discípulos. Entonces Jesús mismo les sale al encuentro y les dice: “Alegraos”. Ellas se acercan, le abrazan los pies y lo adoran. Jesús las tranquiliza: “No temáis”, y les encarga una misión: comunicar a sus hermanos que vayan a Galilea, porque allí lo verán.

A continuación, el Evangelio muestra otra reacción ante el acontecimiento pascual. Algunos guardias van a informar a los sumos sacerdotes de lo sucedido, y éstos, en lugar de abrirse a la verdad, se ponen de acuerdo para comprar su silencio y difundir una mentira. Frente a la alegría y la fe de las mujeres, aparece el cálculo y la resistencia del corazón que no quiere acoger la novedad de Dios.

La primera lectura recoge el comienzo de la predicación de Pedro. Ya no está temblando ni escondido, sino proclamando con valentía: a Jesús, entregado según el plan previsto por Dios, lo matasteis, pero Dios lo resucitó. Y añade una frase decisiva: “De esto nosotros somos testigos”. La resurrección ha cambiado al discípulo y lo ha convertido en anunciador.

El salmo nos hace decir: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti… con él a mi derecha no vacilaré… por eso se me alegra el corazón”. Es la oración confiada del que sabe que su vida está en manos de Dios y, por eso, puede vivir desde la alegría.

3. Meditación: ¿qué me dice hoy esta Palabra?

La Pascua no es sólo una verdad que la Iglesia proclama; es una presencia que sale a nuestro encuentro. Eso es lo primero que me dice el Evangelio de hoy. Las mujeres no reciben únicamente una información sobre Jesús; se encuentran con Él. Y en ese encuentro cambia todo. La alegría deja de ser una emoción pasajera y se convierte en certeza. El miedo no desaparece por una explicación, sino por una presencia. Jesús resucitado les sale al encuentro y les dice dos palabras que resumen la vida pascual: “Alegraos” y “No temáis”.

También yo necesito escuchar esas palabras. Porque muchas veces mi vida está atravesada por preocupaciones, cansancios, preguntas, inseguridades. Y la Pascua viene a decirme que la última palabra no es el miedo. La última palabra es Cristo vivo. No camino solo. No estoy abandonado a mis fuerzas. El Resucitado me sale al encuentro.

Hay un detalle muy hermoso en el Evangelio: Jesús llama a los discípulos “mis hermanos”. Después de la pasión, después de la huida, después de las negaciones y de la fragilidad de todos, Jesús no se presenta con reproches. Vuelve llamándolos hermanos. Ésta es una de las notas más conmovedoras del corazón del Resucitado. No resucita para humillar a los suyos, sino para rehacer la comunión. No vuelve para pasar cuentas, sino para abrir un futuro. Esto me habla también a mí. Cristo resucitado no se acerca para aplastarme con la memoria de mis fallos, sino para volver a llamarme, para recomenzar conmigo, para restaurar la amistad.

Y además les señala Galilea. Galilea es el lugar del comienzo, de la vida ordinaria, del primer amor, de la misión cotidiana. Eso significa que la Pascua no me saca de la vida concreta. Al contrario, me devuelve a ella con una luz nueva. El Resucitado me espera en mi Galilea: en mi casa, en mi trabajo, en mis relaciones, en mis luchas de cada día, en mi servicio ordinario. Muchas veces espero encontrar a Dios sólo en momentos extraordinarios, y la Pascua me recuerda que Cristo quiere ser reconocido en el camino diario.

La primera lectura ilumina mucho esta experiencia. Pedro aparece de pie, proclamando con fuerza lo que antes apenas podía sostener con valentía. Él, que había negado al Señor, ahora anuncia públicamente: “Dios lo resucitó, y de esto nosotros somos testigos”. ¿Qué ha pasado en Pedro? Ha pasado la Pascua. Ha pasado el encuentro con el Resucitado. El miedo ha sido atravesado por una presencia más fuerte. La tristeza ha sido vencida por la esperanza. La culpa no ha tenido la última palabra. Pedro ha sido rehecho por dentro.

Eso me revela algo muy importante: el encuentro con Cristo resucitado transforma. No deja a la persona intacta. Cambia su forma de mirar, de hablar, de vivir, de situarse en el mundo. Convierte al temeroso en testigo. Convierte al discípulo caído en anunciador. Convierte a la persona encerrada en alguien capaz de salir. La Pascua no adorna la vida cristiana: la rehace.

Y, sin embargo, el Evangelio muestra también la otra posibilidad: la de los guardias y los sumos sacerdotes, que prefieren el dinero, el acuerdo y la mentira antes que acoger la verdad. Esto es muy realista. La Pascua no obliga. La resurrección de Cristo abre un camino, pero el corazón humano puede resistirse, cerrarse, seguir protegiendo sus intereses y fabricarse una explicación cómoda para no dejarse tocar por la novedad de Dios. También yo tengo que preguntarme si, en el fondo, me parezco más a las mujeres que corren a anunciar o a los que intentan controlar, justificar y ocultar.

El salmo me ofrece la actitud verdadera del corazón creyente: “Con él a mi derecha no vacilaré… por eso se me alegra el corazón”. La alegría pascual no nace de que todo esté resuelto, sino de saber que el Señor está a mi derecha. No nace de la ausencia de dificultades, sino de la certeza de una presencia. Ésa es la alegría del cristiano: una alegría fundada en Cristo vivo.

4. Oración: ¿qué le digo al Señor?

Señor Jesús resucitado, hoy quiero dejar que tu Palabra toque mi vida. Muchas veces me parezco a aquellas mujeres: corro entre la mezcla de miedo y alegría, de fe y de fragilidad. Necesito que me salgas al encuentro. Necesito escuchar de tus labios: “Alegraos. No temáis”.

Dame, Señor, la gracia de reconocer tu presencia en mi Galilea diaria. En mi vida ordinaria, en mis responsabilidades, en mis cansancios, en mis relaciones, en mi comunidad. Que no espere encontrarte sólo en lo extraordinario, sino que aprenda a descubrirte vivo y cercano en lo concreto de cada día.

Te doy gracias porque, después de todo, sigues llamándonos hermanos. Gracias porque no vuelves para humillar, sino para recomenzar con nosotros. Gracias porque no te cansas de buscarnos. Gracias porque tu resurrección es también una nueva oportunidad para mi corazón.

Líbrame, Señor, de parecerme a los que prefieren la mentira cómoda antes que la verdad que transforma. No permitas que me encierre en mis resistencias, en mis seguridades viejas, en mis cálculos. Dame la prontitud de las mujeres, la valentía de Pedro, la alegría del que sabe que tú vives.

5. Contemplación: ¿cómo descanso en la Palabra?

Me quedo ahora en silencio interior. Veo a las mujeres salir del sepulcro con el corazón acelerado. Las veo correr. Las veo sorprendidas, conmovidas, todavía sobrecogidas. Y de pronto, en el camino, Jesús les sale al encuentro. Escucho su voz: “Alegraos”. Veo cómo ellas se acercan, abrazan sus pies y lo adoran.

Permanezco ahí. Sin prisas. Sin muchas palabras. Dejo que también a mí me salga al encuentro. Escucho para mí esas mismas palabras: “No temas”. “Alegraos”. “Ve a Galilea”. Dejo que resuenen dentro de mí. Y descanso en la certeza de que Cristo vive y me precede.

6. Acción: ¿qué me invita a vivir esta Palabra?

La Pascua me invita hoy a vivir de un modo más consciente la alegría del encuentro con Cristo vivo. Me llama a no quedarme encerrado en el miedo ni en la costumbre. Me pide que deje espacio al Resucitado en mi vida concreta, en mi “Galilea”, allí donde transcurre mi día a día.

También me invita a ser testigo. A no guardar para mí solo la alegría pascual. A comunicar, con palabras y con vida, que Cristo vive. Tal vez hoy el compromiso concreto pueda ser muy sencillo: vivir la jornada con una alegría más serena, hablar de Dios con más libertad, sostener a alguien que esté desanimado, o repetir varias veces en el corazón: “Con él a mi derecha no vacilaré”.

Y me invita también a vigilar mi interior para no caer en la lógica de los guardias: la lógica del cálculo, de la excusa, del autoengaño, de la resistencia a dejarme cambiar por la verdad.

7. Oración final

Señor Jesús resucitado, sal a mi encuentro en este día. Dime también a mí: “Alegraos. No temáis”. Rehace en mí lo que está herido, levanta lo que está cansado, fortalece lo que es débil. Llévame a mi Galilea cotidiana con un corazón nuevo. Hazme testigo de tu vida, de tu paz y de tu victoria. Y que, sostenido por tu presencia, pueda caminar con la alegría de saber que tú vives y que me llamas, una vez más, hermano. Amén.